(Ricardo Mansoler)
Hay teorías:
El gato no es de
este mundo,
dicen algunos. Fue
traído por
otros visitantes en
épocas remotas.
Hay teorías que
sostienen que
tampoco nosotros
somos de este
mundo: seríamos
parte de alguna
colonización
interplanetaria.
(Esto cobra cierta
verosimilitud
a juzgar por la
relación que entablamos
con la Naturaleza:
somos como una plaga
devastadora que
depreda y se reproduce
sin control)
Pero el gato, más
allá de las teorías, sigue
siendo una de las
mascotas más populares
entre nosotros.
El hombre domesticó
al perro, al gato no
(no pudo o no quiso)
aunque aceptó su
compañía.
La búsqueda de
utilidad es lo que impulsa
toda acción humana.
El perro, supo mostrarse
útil, ofreciendo
diversas prestaciones a partir
de su aptitud para
la obediencia y su vocación
de servicio.
Necesita reconocer a su amo, y
complacerlo. La
subordinación es su mayor
valor, lo que lo
hace útil.
El único servicio
que presta un gato, en cambio,
es mantener a
distancia a ratas y ratones, antiguos
huéspedes que nos
resultan indeseables a pesar
de su aspecto
inofensivo y de ser nuestros ancestros:
los primeros
mamíferos. Pero el gato no necesita
ser domesticado para
cumplir su función: caza
por instinto.
Las ventajas
comparativas saltan a la vista -como
los gatos-
Suelen ser
silenciosos, y sus emisiones no suelen
ser agresivas, salvo
en situaciones extremas como
la pelea con otro
gato.
Son limpios, no hace
falta educarlos, no necesitan
que se los bañe:
ellos se ocupan de su higiene.
No necesitan abrigo,
ni bozal, ni paseador, ni
peluquero,
instructor o entrenador. Ni cucha, ni
collar.
El gato, no es sólo
un eximio cazador de insectos,
roedores y otras
criaturas molestas o indeseables.
Es también una
inmejorable compañía para
aquellos que están
solos (e incluso para quienes
no saben que lo
están)
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