lunes, 16 de mayo de 2022

La risa no siempre es un sacramento

(Carlos Inquilino)

 

En el sosiego del ayuno cuaresmal,

la risotada del risoto no alteró

el humor de los comensales en servicio.


Una bocanada de aire puro o semipuro

entró por el tragaluz del excusado.


No faltaba nada, ni en la mesa, ni en

el aire protocolar circundante.


De pronto, un brillo algo excesivo para

ser natural, atrajo de los cuerpos las miradas.


¡Una molécula de pus divino!


Reveló un observador independiente, que

acompañaba de oficio a un asesor del

secretario adjunto.


Damos fe, respondieron los cuerpos

presentes al unísono, ante la luz sagrada,

sesgada y cegadora, y el beneplácito del nuncio.


Estaba claro: era un mensaje divino.

En una muestra de empatía Suprema,

el Creador envía sus anticuerpos cargados

de pureza incontestable.


Un mensaje de Amor de nuestro Autor,

Amor sobrenatural, casi tan perfecto

como infinito…


Sin duda, coincidieron todos los presentes,

era la señal que autorizaba a levantar el

ayuno.


(No hubo ninguna risotada, por parte

del risoto)


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