(Rolando Doorland)
Mi destino fracasó,
esperaba otra cosa:
mejor o peor, no lo sé;
pero no ésto.
No tengo vocación para
la resignación y mi voluntad
de asumir fracasos fue declinando
en el tiempo, hasta alcanzar la
consistencia deseada por el fracaso
pleno y acabado.
Nunca creí en el destino, eso no
era para mí: no tenía vocación
para ser un buen creyente.
Pero no puedo negar la evidencia
como lo haría un necio, no nací
para necio y el fracaso es suficiente
prueba.
Puedo aceptarlo, aunque no lo asuma
por completo. Al menos, ahora tengo
una certeza, lo que no es poco:
Otros no tienen ninguna.
El fracaso existe y está llegando
a destino, como estaba previsto
desde antes de asumir.
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