(Serafín Cuesta)
Un animal no tiene mucho que pensar,
no conoce la ley de causa efecto, ni
las otras leyes naturales.
La animalidad le proporciona todos
los mecanismos para habitar este mundo
y sostenerse, observando su propio
instinto de animal.
No necesita controlarlo, ni controlar
a otros: El propio Orden Natural
dispone sus mecanismos de control
para que ninguna población se expanda
en forma peligrosa para otras.
En el mundo animal, los predadores son
tan necesarios como las presas. Ellos no
lo saben, no tienen conciencia del papel
que les asigna la Naturaleza, sea como
víctimas o victimarios.
La conciencia animal es muy limitada
y no difiere mucho entre las especies.
No hay mucha competencia entre animales;
es natural que casi no evolucionen:
Ellos no controlan instintos ni deseos,
apenas si controlan sus esfínteres: tal vez,
el único rasgo que tenemos en común.
Nosotros, por el contrario, a partir del control
exitoso de nuestra parte animal, desarrollamos
una inteligencia superior y vencimos a nuestros
predadores.
Controlamos el mundo para el propio beneficio
y no dejamos de desarrollar nuevos dispositivos
de control cada vez más sofisticados:
La inteligencia es control: Toda nuestra historia
es la historia de la lucha entre distintos grupos
por controlar a los otros y controlarlo todo.
Todavía quedan algunos focos de resistencia,
expresiones marginales de conflictos
provenientes del pasado; anacronismos:
Podemos afirmar que la violencia residual
que aún subsiste, es un anacronismo:
Confiamos en optimizar los controles
y mantener el Orden Natural.
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