(Malcolm Mercader Ergástulas)
Su aspecto era inquietante, pero más
lo era el tono acuciante de su voz,
por nombrarla de algún modo:
Cargaba una angustia atávica,
expresada en una suerte de queja
desesperada, ante la imposibilidad
de conseguir en los lugares habituales
su desodorante personal para lobizones.
Le expliqué lo que pude, sobre la crisis
económica por las deudas heredadas
(todas las deudas provienen del pasado)
y la escasez de productos esenciales
por la falta de insumos importados.
No parecía importarle mucho, y noté
que su ansiedad crecía. Así que, para salir
del paso y evitar prolongar la situación
y la hediondez que emanaba su cuerpo,
a medio mutar, le ofrecí el desodorante
de ambientes que siempre llevo conmigo:
Hace rato que algo viene oliendo mal
en estos pagos.
Creo que se fue contento, o al menos
satisfecho. Lo ví encaramarse a un árbol
generoso, ganar las ramas altas
y perderse en el cacumen.
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