(Serafín Cuesta)
El goce de la palabra
es anterior al comercio
tal como lo conocemos
(antes de incorporarnos
al comercio, no conocíamos
casi nada, más allá del goce
de la carne)
Hay muy pocos goces ajenos
al comercio, que desde hace
tiempo reconocemos como el
principal recurso para producir
sentido.
El comercio de los sentidos
es anterior a la palabra y sus
distintos usos (casi todos
negociables)
Pero todas nuestras relaciones
son, en esencia, comerciales y
provienen de la palabra, incluídos
los sentimientos.
Éstos, son una expresión desarrollada
y compleja del sentido, que se mueve
en cualquier dirección y evoluciona
como pez en el agua copulando.
El comercio carnal de los peces
es fluido, como cualquiera de las
palabras conocidas.
Es difícil distinguir el sexo de los peces,
pero el comercio es una forma de
conocimiento.
La historia de los peces es bastante
más rica que la nuestra, pero ellos,
si bien se comunican, comercian y
se comen entre sí, como nosotros,
no han sabido acumular riqueza, ni
producirla:
Los peces no producen nada, sólo saben
producir más y más peces. Para controlar
su población, dependen de nosotros.
Gozamos de reconocimiento en ese sentido,
y controlamos todas las formas de control
disponibles, gracias a la conciencia superior
obtenida del comercio de la palabra.
El goce de la palabra es una propiedad social:
la única aceptada y permitida por quienes nos
controlan, en el libre ejercicio de la autoridad.
¿Cómo no vamos a aprovecharlo y a gozar
de ese derecho y todas sus propiedades?
Los derechos se ganan y se pierden, como
las libertades y sus distintos goces, pero el
goce de la palabra es un derecho inalienable
por ahora.
Todo lo demás es negociable.
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