(Amílcar Ámbanos)
El poema no tenía desperdicio,
tenía casi todo lo que puede tener
un poema, es decir:
Un lector calificado encontraría
el resto, aquello que el buen poema
sabe ocultar al sugerir.
Las palabras son siempre irrelevantes
si no revelan: sólo moneda de cambio.
No parece haber vocación de cambio
entre nosotros: nos resulta suficiente
el intercambio.
El poema no tenía nada que cambiar,
le faltaba casi todo para asumirse
enajenable.
Sobre el final, dejaba una advertencia:
este poema contiene desperdicios
propios y ajenos.
Los desperdicios están en todas partes,
y siempre tienen algo que decir,
aunque sólo el lector calificado
entienda su lenguaje.
El arte puede estar en cualquier parte,
incluso en ninguna.
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