(Abel A.Borda)
Hay juego tontos,
como jugar al ahorcado
solo.
A veces, no queda otra cosa
que apelar a ellos para
completar la soledad.
Hay que saber estar solo,
aunque hay quienes prefieren
no saberlo. Hablan con animales
o con plantas, o peor:
Hablan solos.
No es difícil hablar solo, con el
tiempo y la práctica metódica
se vuelve algo natural y uno
se convierte en su interlocutor
perfecto:
¿Quién podría entendernos y
conocernos mejor?
Es casi mejor que estar jugando
solo al ahorcado u otro juego tonto.
Entre los juegos tontos también
están los poemas: es como hablar
solo pero en silencio, como otros
juegos de mesa.
Básicamente, hay que jugar solo;
no hay competencia que estimule
el desarrollo.
No hay un ganador, lo que reduce
el atractivo y las expectativas del
juego y, para peor, ni siquiera hay
un perdedor, lo que lo torna tan
tedioso y anodino como para dudar
que sea un juego.
Sin embargo, ofrece al menos una
de las utilidades del juego, aunque
residual: su práctica regular produce
una mejora en el rendimiento del
practicante, si se ejercita con voluntad
y compromiso.
Y es probable que el producto crezca
en cantidad y en calidad. Aunque el
jugador puede no percibirlo y, si lo
hiciera, tampoco le resultaría útil:
No tiene con quien competir.
A pesar de todo, no son pocos los
que siguen frecuentando este juego:
Es poco probable que produzca adicción.
Tal vez entiendan que es mejor que
jugar al ahorcado solo, y correr el riesgo
de perder.
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