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miércoles, 30 de agosto de 2017

Falocentrismo y cultura

(Ester Miño)



En Japón, celebran el día del pene.
Penes de diverso tenor
desfilan por la vía pública
acunados por jóvenes japonesas.

Penes imponentes, penes desmesurados,
penes desmembrados participan
de la fiesta popular, desde su erección
indeclinable: una desmesura que sólo
puede ser propia de una cultura
desmesurada.

Esto despejaría la principal duda existencial,
metafísica, ontológica de todos los miembros
de la población masculina: el tamaño no es
un tema menor, el tamaño importa.

Los japoneses no tienen fama de ser bien dotados
(alguna vez leí un informe -hay que leer de todo-
sobre la medida media viril en las distintas etnias
o comunidades -hay gente dispuesta a medirlo
todo- y si bien no recuerdo los guarismos, los
africanos estaban a la cabeza -glande- entre los
beneficiados por la generosidad de la Naturaleza
en este rubro, al contrario de los nipones)

Es justo que las japonesas se expresen en libertad,
enarbolando inopinados penes, reivindicando su
aspiración a un mayor volumen de goce; el goce
es salud y la salud es un derecho.

Hay penes derechos y torcidos, penes excesivos,
hay penes y penes:  penes penosos que no valen un
penique, penes irrisorios, penes risibles y penachos
irreductibles e inopinables.

Acá no tenemos un día asignado a esa celebración,
pero ostentamos como monumento nacional
un imponente falo enclavado en el centro de
nuestra capital.

En cuanto a los japoneses, hay que decir
que las estadísticas son siempre sospechosas
(pienso en Op Oloop, el estadígrafo que con rigor
profesional se había impuesto la tarea de visitar
cada día de su vida un burdel, para recoger información
sobre actitudes y conductas en diversos tipos femeninos,
y lo cumplía a rajatabla. Quería conocer el alma femenina,
algo inútil; ya Freud lo hubo intentado
concluyendo en la famosa pregunta:
¿Qué quieren las mujeres?)

lunes, 21 de agosto de 2017

Poesía y Capitalismo (Sobre el poema de Juan Gelman)

(Onésimo Evans)



Toda poesía es hostil al capitalismo,
aún cuando la hostilidad no se manifieste.

-Pero el capitalismo ha dado buenos poetas…
-Sí, como el esclavismo, el feudalismo y otros
humanismos.

Del mismo modo, hay quien sostiene que debemos
al capitalismo el desarrollo de la ciencia y la evolución
de la tecnología que hoy disponemos.
Un argumento débil:  La producción de conocimiento es 
muy anterior al capitalismo, este sólo le ha fijado una 
dirección, que es la que le resulta útil.  Así, se han 
producido conocimientos que fueron discontinuados
por ser hostiles a los intereses del capital.

La poesía, el sistema poético, es hostil
a todos los sistemas, y es hostil a las definiciones:
No hay una definición definitiva, la poesía
se defiende no siendo idéntica a sí misma.

El capitalismo suele tolerar todo aquello
que no lo reproduce ni lo representa,
mientras no moleste.

Un poeta puede molestar, o no.
Un poeta no tiene por qué ser popular -hay quien
sostiene que no puede: habría contradicción entre
esos términos-

El Capitalismo es más popular que la poesía:
Los sentimientos propios del capitalismo, como
el sentimiento de propiedad, la codicia, la astucia,
el servilismo, la traición, el oportunismo, son
en nuestra tradicion más populares que el
sentimiento poético.

Se podría profundizar en esta relación
entre capitalismo y poesía, pero el capital
rechaza la profundidad, sólo quiere sujetos
superficiales, seres seriales que entablen relaciones
superficiales: El valor está en la superficie, todo
lo útil está aquí.

Hay autores que sobrenadan esa superficie,
se adaptan a las condiciones impuestas
a cambio de mantenerse a flote.

Pero la poesía es hostil a las adaptaciones,
la poesía es riesgo y aventura; debe elevarse
para llegar al fondo, debe agitar y cuestionarlo
todo: Debe alterar el orden, la poesía
linda con la filosofía y con la locura.
No puede, el poeta, dejar de ser profundo,
no puede negociar: el poema no es literatura
y “la poesía sólo exige la abolición del mundo”




(Toda poesía es hostil al capitalismo:  Poema de Juan Gelman)

viernes, 11 de agosto de 2017

El costo de la vida

(Abel A. Borda)



Las dificultades aumentan
a un ritmo sostenido
mientras dibujo un ocho

Abochornado,
observo como aumenta
a un ritmo sostenido
el costo de la vida

¿Qué es la vida, un frenesí?

No, ante todo es cuestión de mantener
el ritmo, superando las dificultades
que aumentan a un ritmo sostenido
mientras dibujo un ocho.

Repito: no hay que abochornarse por
repetir; la base del ritmo es la repetición
-que además, caracteriza la realidad
psíquica del sujeto-

El costo de la vida, así como su aumento,
debe aceptarse como algo natural:
la vida es un derecho, como es sabido,
y todo derecho tiene un costo.

(Hay costos y costas, derechos y derechas:
hoy nadie se reconoce de derecha; las
derechas han reconocido su derecho a no
reconocerse. Lo correcto es ubicarse en el
centro de lo que sea: la centralidad permite
mayor margen de maniobra)

Pero no hay que amilanarse ni deprimirse
por el alza del costo de la vida;  también
podemos interpretarlo como una oportunidad.
Si los costos se disparan, sólo es cuestión
de sostener el ritmo y trasladarlos a los precios

(el problema sería la caída de la demanda; ahí
hay que salir a buscar nuevos mercados, mejorar
la oferta, agregar valor al producto, y recurrir a
una publicidad inteligente y agresiva, capaz de
convencer a todos de que lo nuestro es útil,
necesario, e incluso imprescindible: Lo mejor
es ofrecer algo que parezca imprescindible.
 
Uno paga lo que no tiene con tal de no
prescindir)


 
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