(Epifanio Weber)
Deseaba que leyera su poema,
me confesó, y si bien no era
lo que deseaba, lo hice para
complacerlo:
Los jóvenes buscan el estímulo
de sus mayores, y no perdía mucho:
El volumen del pretendido poema
era bastante discreto.
Hubiera percibido su deseo, aunque
no me lo confesara como lo hizo.
Braulio es un poeta confesional,
un aspirante que está haciendo sus
primeras armas.
Esperaba ansioso mi devolución.
Al cabo, todo lo que hacemos los
humanos es para que otro lo apruebe,
o lo acepte.
Es aceptable, Braulio. Pero tu poema
dice más de vos que de mi…
Sí, yo siempre hablo de mi para ser
sincero, es lo único que conozco.
Mirá, el poema no es un medio para
producir o reproducir conocimiento,
falso o verdadero. Esas funciones le son
tan ajenas como a los otros tus poemas.
Eso no interesa, el lector se acerca
al poema para descubrir otras cosas:
Eso que no existe afuera del poema
y que, al entrar en él, le permita
identificarse con algo suyo y propio
que no conocía.
-Bueno, yo no puedo hablar
de lo que no conozco, pero no sé…
No hay que saber nada, al poema no
le importa lo que sepas ¿sabés?
El entramado de sensaciones y sentidos,
la relación entre significantes desafiando
el orden de la necesidad, donde sonido y
sentido cobran otro valor, que es propio
del poema.
Todo eso y otras cosas entran en ese juego
que el autor articula para que sea el poema,
esa relación especular, donde el lector se ve
reflejado y se reconoce como parte.
-¿Y qué hago conmigo?
Nada, hay que sacar los pies del plato:
Hablemos de mi, sería un buen título
para un poema. Pero después hay que
hacerlo, ese es el problema.