(Amílcar Ámbanos)
Un ángulo opuesto
por el vértice, desnudo
como un ángel se deslizaba
como Pedro por su casa
y se me aparecía en cualquier
parte de la mía, interpelándome.
No sé qué pretendía, presentándose
así, exhibiendo su oposición
absurda y vertical sin ningún pudor.
Sí, se puede, ningún desnudo es
obceno si no encuentra oposición:
una mirada inteligente, capaz de
interpretarlo y resignificarlo.
Ahora bien, un cuerpo bien provisto
está lleno de ángulos graves y agudos,
anfractuosidades y puntos obscuros,
susceptibles de interpretaciones más
o menos capciosas.
Cualquiera de esos puntos sensibles
puede oficiar como punto de apoyo
al eje de la discusión.
Podemos someter cualquier cuerpo
a discusión. Pero ¿Qué vamos a discutir
de un ángulo opuesto por el vértice
que se instala como si fuera parte de la
casa solazándose con su condición
de desnudez frontal y explícita?
No sé qué pretendía, podría haber hecho
captura de pantalla pero lo descaté:
No quise entrar en su juego, así comono
quiero saber nada con la oposición, esa
palabra sospechosa.
Por confiar en falsas oposiciones, hemos
caído en lo más bajo de este vértice abyecto
alimentando la basura de la historia.
No sé qué pretendía, ni quise saberlo.
En cualquier caso, iba a ser una pretensión
excesiva.