(Serafín Cuesta)
No está solo quien saluda
al sol, a su sombra
o al soldado desconocido.
Un soldado solo no sirve
para nada; necesita, al menos
un superior y una bandera
a quien saludar.
Las banderas son todas saludables,
aunque algunas son superiores, y
saben estar solas si nadie las saluda.
Salvo aquellas que contienen soles,
satélites o un número de estrellas.
El sol supo estar bastante solo
siempre, hasta que empezó a recibir
saludos y más saludos, mayormente
dudosos, como toda emisión humana.
A él no le afectaba la soledad,
porque no sabía que estaba solo,
aunque sabía estarlo:
Hay cosas que es mejor no saber.
En realidad, el sol no parecía necesitar
nuestro saludo, y es presumible que
con el tiempo se haya cansado de tanto
saludo vano, vacuo de desconocidos.
Lo excesivo se vuelve fatigoso
y al final cansa. Nosotros lo seguimos
saludando religiosamente, como buenos
soldados.
Sabemos que un soldado solo
no sirve para nada, salvo el soldado
desconocido, que sirve para rendirle
tributo y saludarlo, como a la bandera,
y el soldado que huye en busca de mejor
destino bajo el sol, en solidaridad con
todos nuestros ancestros desertores.