(Malcolm Mercader Ergástulas)
Tampoco estaba seguro
de poder inigualarme.
Me reconocía en esa humildad,
acaso excesiva, que siempre
me acompañó.
No me arrepiento de este error,
es mejor asumir, tanto virtudes
como errores y defectos:
Todos tenemos algo de todo.
Yo no iba a ser, ni lo quería,
una excepción. Pero había algo,
más allá de mi, que me hacía
saber que era inigualable, en parte.
Al margen de mi voluntad, portaba
algo único en su género, que sólo
yo podía profundizar, desarrollar.
Muchos no lo percibían, no er algo
muy ostensible, pero se notaba
que podía ir más lejos; dependí
de mi, sólo yo podía.
No era fácil, implicaba resignar
otras cosas, un desprendimiento :
Había que abstraerse de todo
lo que distrae y concentrarse en
un punto, esa parte sólo mia.
¿No era eso lo que me hacía único
e irrepetible?
Con humildad, obedecí el impulso
y me entregué a lo mio: Comencé
a imitarme, sin caer en el exceso.
Fue fatigoso, al principio, pero no
desesperé ante los pobres resultados,
y después de tantos intentos vanos,
sentí que estaba bien encaminado.
Hasta que al fin, pude acariciar el éxito,
había alcanzado la igualdad como
nunca antes, aunque era una igualdad
parcial.
Ahora, estaba a nada de superarlo
y romper el equilbrio. Ne pude más
que reconocerlo: Era inigualable,
y con ese reconocimiento bien ganado
y gozado, volví a lo mio, más humilde
que nunca.
Sólo hay que imitar lo bueno.