(Por Vicente Narioh)
Los sentidos se dividen:
conocidos y desconocidos
(entre estos últimos están: los
que aún podemos conocer y
los que nunca conoceremos)
Entre los conocidos
está el buen sentido (que suele
confundirse con el sentido común)
y el sentido del deber, que se
inocula a través de la familia y se
transmite de padres a hijos
('¿Hiciste los deberes?' es una de
las preguntas maternas que van
formando, en la conciencia del
pequeño deudor, el sentido del
deber: Es necesario que desde muy
temprano, el sujeto incorpore y
haga suyo este sentido natural,
se debe:
se debe:
debe sentir que debe,
en diversos sentidos, para poder
desarrollarse como individuo, como
ser social, como contribuyente, y
desarrollar todas sus capacidades
-la capacidad es más importante que la
voluntad: de poco sirve la voluntad
de pagar si no hay capacidad de pago-)
Hay sentidos dudosos, como el sentido
dado (hay dadores y receptores, que se
relacionan entre sí mediante distintas
relaciones: hay relaciones
consentidas,
relaciones productivas y relaciones
asimétricas, que son las más útiles
-casi
todas crean algún grado de
dependencia:
necesitamos depender)
El exceso de sentidos dados
nos impide darnos un sentido propio:
en condiciones naturales, el sentido
se incorpora, y a través de él
percibimos
la realidad, desarrollando otro
sentido:
el de normalidad, que nos permite -en
condiciones normales- poder discernir
qué es normal, y saber aceptar -lo
normal
es aceptar- esa realidad dada,
observando
las normas vigentes y procurando
actuar con normalidad.
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