(Horacio Ruminal)
Por la plata baila el mono,
yo no:
entre las habilidades que puede
desarrollar el primate superior
esa no me incluyó.
Por la plata baila el mono
¿qué pensará el mono?
¿piensa?
No, está bailando: cuando baila
no piensa.
¿Qué estás pensando? -me pregunta
el mono que baila dentro de mi-
Pienso que no, no se necesita pensar
para bailar, basta con seguir el ritmo,
limitarse a imitar -como cualquier
mono que se precie- y repetir:
Obedecer y repetir.
Nunca fui bueno obedeciendo:
entre las habilidades que puede
desarrollar un primate superior
esa no me incluyó.
El mono que piensa. Pienso,
la evocación de esa metáfora
taxonómica tiene sus bemoles.
Veámosles:
Este mono, desnudo, antropocéntrico
descarta que otros monos piensen,
pero a la vez nos recuerda
nuestra pertenencia al reino animal.
No está mal recordarlo,
hay que saber pertenecer:
Pertenecemos a la familia
de los animales que bailan.
El baile ejercita el mvimiento rítmico,
la mímesis y el sentido de pertenencia.
También sirve, la metáfora, para evocar
otra: El mono desnudo, el libro de
Desmond Morris leído hace tantos años
y perfectamente olvidado, como todos
-se lee para ejercitar el olvido,
hay mucho que olvidar-
Pero puedo evocar el nombre del autor,
no es poco; a cierta altura, la vida es
pura evocación.
No se requiere vocación para evocar
metáforas felices, o momentos felices
sin metáforas: una canción, un aroma,
una cita fortuita, restos de deseo sin
consumar o un baile al que tal vez
asistimos, aunque no bailáramos.
El baile ejercita el mvimiento rítmico,
la mímesis y el sentido de pertenencia:
Unos bailan,
otros vacilan,
otros observan.
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