(Ermindo A.Renomé)
Como amante del deporte
y la sana competencia, no puedo
aprobar la privatización de los clubes.
Un club es una sociedad controlada por
los socios, tiene una función social y
ellos eligen a quienes lo administran.
Si tuviera un dueño, su función se vería
afectada y quedaría subordinada a los
intereses comerciales como cualquier
negocio.
Hay suficientes ámbitos para emprender
y desarrollar negocios (incluso dentro de
los clubes), como está a la vista.
Además, hay algo que trasciende toda
cuestión económica y comercial:
El sentimiento popular, con perdón del
adjetivo sospechoso.
¿Se puede negociar el sentimiento?
¿Es equiparable el amor a la divisa
al que podemos profesar a una marca?
¿Es el amor sólo una forma de comercio?
¿Debe el individuo apropiarse libremente
de toda sociedad?
¿Deberíamos entender que cada uno
tiene que percibirse como socio de sí
mismo?
¿Es una buena aspiración para afrontar
el cambio de época?
¿Hay que dejarlo solo al socio, para que
aprenda, se capacite y puede recapacitar
mientras entonamos todos juntos el
Tema de Pototo?
¿Hay vida por fuera de los mercados?
Los amantes de los deportes irracionales
no queremos ni creemos estar solos:
Tenemos nuestros principios y estamos
dispuestos a defenderlos a cualquier precio.
Somos capaces de resistir todos los
argumentos, sean racionales o no.
Hay cosas que no se negocian,
aunque son muy pocas.
(Antes de iniciarse en los negocios,
según registros antropológicos,
el hombre ya conocía el juego)
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