(Carlos Inquilino)
A nadie le interesa saber
cuáles son los verdaderos
fines de un poema.
Mientras responda a las
necesidades de la función poética,
y ésto pueda verificarse en forma
fehaciente, no importan sus fines,
manifiestos o no.
Basta con que funcione, y ofrezca
lo que se espera de un poema, es
decir que sea funcional, tanto a la
ilusión poética generada, como a
sí mismo.
Luego, trascenderá si lo merece,
más allá de los fines que lo mueven
y no tiene por qué confesar:
Son parte de su intimidad inapropiable.
Puede tener un fin deseado, como uno
inconfesable: ambos son válidos por
igual y eso no altera el valor del poema.
No se puede establecer el valor del poema
por los fines que tramita, ni por lo que
hace para alcanzarlos.
La mayor parte de nuestros fines no
se cumple, como tampoco los deseos:
Ningún poema es tan deseable como
quisiera su autor y esperan los lectores,
y pocas veces el poema encuentra al
lector deseado.
Eso explica la persistencia de unos
y otros, y que la producción poética
no decline.
Los poemas que funcionan como reflejo
siempre obtienen alguna aceptación: El
lector se siente reflejado en sus deseos,
carencias, visiones o vicios y celebra
esa comunión ocasional. La mayoría
de los goces humanos son especulativos,
se realizan a través de otros.
Pero el verdadero fin del poema, suele
mantenerse en secreto, y es lo correcto.
Por el contrario, éste poema no sólo no
lo oculta, sino que lo advierte desde su
mismo título, para no engañar a nadie
ni decepcionarlo.
Es probable que no lo consiga, pero el
poema se reconoce humano, y no hay
muchas cosas que hagamos los humanos
sin fines de lucro.
Un fin, es una aspiración o un deseo
que puede perfectamente no cumplirse.
El poema con fines de lucro, desde su
propia incorrección podría preguntar:
¿Hay un lucro justo? ¿Hay una justicia
lucrativa? ¿Hay algo más justo que
lucrar?
Pero no, no es tema del poema.
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