(Florencio Cusenier)
Les habló con el bolsillo
y le contestaron con el corazón.
Pensó que los tenía en el bolsillo
y se agrandó, se agrandó, así:
con esa grandilocuencia inigualable
propia de los grandes, esos líderes
que interpretan el sentimiento de su
pueblo y las necesidades que los unen.
Cada palabra que encadenaba
en su discurso por cadena oficial,
lo agrandaba más. Los tenía en el
bolsillo, pensó.
No sólo pensó, también sintió:
en ese orden.
Esa grandeza lo elevaba por encima
de cualquier líder popular que se le
pusiera a la par, que no eran muchos.
Sólo los grandes líderes consiguen
esa identificación hecha pasión, esa
respuesta unánime y unimembre:
¿Qué otra cosa es la unidad?
Pensó mientras continuaba agrandándose
como un bolsillo infinito. Pensó y sintió,
en ese orden:
Un verdadero líder no se hace, nace
y luego crece como el sentimiento popular
que sólo un líder como él puede conducir
y controlar.
Ya no necesitaba elevar el tono de la voz
para seguir creciendo, agrandándose, y
embolsar esa adhesión incondicional
y masiva de su pueblo.
Era el elegido, sólo él, el único capaz de
expresar en su voz, y su sonrisa carismática
la voluntad popular. Pensó y sintió, en ese
orden.
Y se agrandó otro poco, se agrandó tanto
que el bolsillo se hizo corazón y comenzó
a latir como si fuera un compañero.
Un corazón que no paraba de crecer
y se movía con grandeza, tan grande que
no le cabía al cuerpo, ni a ninguno de sus
bolsillos.
Un corazón, pensó: Esa tripa, pensó:
Esa víscera ridícula que un buen día
explota y chau. Pensó, sintió, en ese
orden.
(Primero hay que pensar, después sentir,
y al fin andar sin argumento)
Los sentimientos populares son inexplicables,
como todos, pensó para sí, poseído por esa
grandeza inconmensurable que supo unir
a tanto desposeído.
No hay comentarios:
Publicar un comentario