(René Gociarte)
El saltimbanqui se atragantó
con un quinoto de quinta,
eso lo desorientó:
Primero perdió la marca
y después se aspiró como
los viejos que no controlan
esfínteres.
Ahora deambula por ahí
en avanzado estado y sin
conciencia de la gravedad.
Salta y se eleva sin ningún
sentido para un público que
sólo existe en su imaginación,
si es que existe.
A veces se eleva tanto, que
después no baja y queda
suspendido como un pájaro
sin peso, condenado a ver
el mundo desde arriba, sin
aspiración ni conciencia de
la gravedad de la falta.
La desorientación puede empezar
en cualquier parte, y dispararse
con cualquier cosa como un
quinoto de quinta.
Sus piruetas a esta altura se verían
ridículas, pero ni se ven: a nadie
se le ocurre mirar tan alto.
La vida de un saltimbanqui es azarosa.
Otro gallo cantaría si se hubiera
buscado un trabajo digno, o un trabajo
al menos.
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