(Remigio Remington)
"El error consiste en desplazarse,
desperdiciando así
las posibilidades infinitas
de nuestra infinita pobreza"
(Juan Gustavo Cobo Borda)
La evolución suele ser cruel,
a menudo impiadosa, tal vez menos
justa que necesaria, pero es un
camino sin retorno.
Los organismos más evolucionados
asistimos con indiferencia al colapso
y la desaparición de otros, de
diversas
especies, que no han sabido adaptarse
a las nuevas condiciones que, en forma
continua impone el orden evolutivo.
(¿O es que no quieren adaptarse? ¿No
desean evolucionar?)
Hay quienes creen que somos
responsables
de la extinción de otras especies: la
acción
humana suele estar ligada a la
alteración de
sus condiciones naturales de vida.
No entienden la verdadera naturaleza de
esos cambios: somos sólo un eslabón
en la cadena evolutiva, y también su
producto.
Sí, la evolución puede ser cruel,
injusta
y violenta casi siempre, pero no la
imponemos
los humanos: está determinada por el
orden
natural, al que también obedecemos.
II
Ya casi no quedan peatones,
la defensa del peatón es una causa
perdida,
lo sabe hasta el hombre de a pie (el
hombre
que se apea: todavía hoy, subsiste la
necesidad
ó la costumbre de apearse,
transitoriamente,
acaso como un anacronismo, un atavismo)
Hubo un tiempo en que la figura del
peatón
era respetada, incluso hasta por las
autoridades
(que como es sabido, no suelen rendir
culto al
respeto por las minorías -ni por las mayorías)
Era común ver en la vía pública
carteles que
señalaban: “Señor peatón, circule
con precaución”,
lo que denotaba una consideración
especial
hacia ese sector reacio a la evolución, que se negaba
a aceptar que el hombre es una prolongación de su
vehículo:
se lo trataba de “señor”, lo que de algún
modo
compensaba el destrato -al final la RAE acaba
reconociendo todo- que representaba la
destrucción
sistemática de las veredas, la implementación
obligatoria de cruces cada vez más alejados de las
esquinas (con la intención oculta de desgastar y
fatigar
al peatón tornándole la vida aún más difícil
y trabajosa),
las sendas peatonales obstruidas por
vehículos mal
estacionados, etc. etc...
(A todo esto, habría que agregar la
aparición de nuevas
prácticas hostiles, como el “delivery”
que vino a invadir
impunemente los pocos espacios que
quedaban para el
peatón, con uno de sus peores
enemigos: las motos)
Todo lo cual hacía casi imposible la
libre circulación
del peatón incauto -e inclusive del peatón sin atributos-
III
Pero las autoridades continuaron con
su política
agresiva de promover la movilidad
social, a través
del estímulo a la expansión
descontrolada de la
movilidad propia.
No faltaron algunas voces que
intentaron alguna
melancólica defensa de este grupo de
inadaptados:
“Todos fuimos peatones” esgrimían,
buscando crear
un sentimiento de comprensión por
parte de las fuerzas
vivas. Pero era evidente que ese
argumento resultaba
poco sustentable: con la misma lógica
se podría
sostener: “todos fuimos antropófagos”
y recabar
solidaridad con quienes persisten en la
defensa del
consumo de carne humana.
Se sabe, también, de grupos aislados
que pretendieron
organizar alguna forma de resistencia
alterando el
orden público, cortando calles,
pintando árboles con
consignas alusivas, etc., así como de
otros que prefirieron
la acción solapada, refugiándose en
la clandestinidad,
para emprender acciones más riesgosas,
como la pinchadura
de neumáticos y llegando incluso hasta
la quema de vehículos.
IV
Entre las expresiones más
irreductibles de este pensamiento
ultramontano, estaba “Peatones de
Pie” (PP) un colectivo
inorgánico cuya oposición a la
circulación de vehículos
comprendía también el transporte
público (un caldo de cultivo
y transmisión de enfermedades, que
además promueve el
hacinamiento y la promiscuidad).
Aborrecían tanto de la combustión
-de cualquier índole-
como del transporte eléctrico y de la
tracción a sangre:
Pretender una velocidad mayor a la que el propio
cuerpo
puede desarrollar, es contrariar la naturaleza. Si ella
lo
hubiera querido así, nos hubiera dotado de los
órganos
necesarios para ese destino.
Desde el núcleo duro de esta
organización emanaba ese
riguroso pensamiento, que expresaba una filosofía singular,
desmesurada en sus alcances,
demostrando hasta dónde
puede llevar a la mente humana, la
profundización y el
desarrollo descontrolados del sistema binario de pensar.
Lo
que no es propio de nuestra condición, es contrario a
ella.
Luego, lo que no nos es natural, nos violenta y contamina.
Si bien aceptamos que casi todas
las actividades productivas
producen contaminación, para la visión
particular de estos
intransigentes, devenida en fundamentalismo a ultranza,
todo lo que hace al desenvolvimiento
normal de nuestra
sociedad, o sea a la vida civilizada, está contaminado,
impregnado, cubierto por una pátina tóxica que
nos envuelve
y nos torna seres tóxicos.
Pretenden defender la libertad de
conservar alguna forma
de pureza. No hay ninguna economía que justifique
la
dilapidación de energía que representa un automóvil que se
desplaza llevando un tripulante, dicen; ni la extracción de
combustibles fósiles que no harán sino reproducir la cadena
contaminante hacia el colapso definitivo.
Pretenden defender la libertad en su
forma más pura:
suponen la existencia de un derecho individual por
encima
de lo social.
Entienden que se debe respetar el
derecho de cada uno a
decidir por sí mismo en cuanto a los niveles de
contaminación a aceptar como saludables, aceptables ó
admisibles:
O sea, desconocen la autoridad de aplicación de
los órganos competentes para
establecer los valores a
respetar y observar para poder mantener
una
contaminación sustentable.
V
Aceptan que la contaminación está
instalada, incorporada en
forma definitiva a nuestra forma de vida (algo saludable,
aceptar la realidad, acaso en su única muestra de sensatez)
pero no están dispuestos a ceder en lo que consideran su
derecho,
una interpretación sesgada y singular del concepto
de libertad.
Van más lejos: Sostienen que la
verdadera libertad sólo
puede ser posible a condición de suprimir
todas las
contradicciones propias del mundo sensible -el movimiento
de los
cuerpos sólo puede ser concebido en una relación de
contradicción con otros movimientos-
Luego, el estado superior es el estado
de reposo,
y en consecuencia, todo movimiento es violencia.
Ellos no creen que la violencia sea la
condición natural del
hombre, antes bien, se
trataría de una condición adquirida
que pudo ser útil en algún momento de
nuestra historia como
especie, pero no en la etapa actual de nuestra
evolución.
En cuanto a su noción de libertad,
parece abrevar en una
conocida frase de Rosa Luxemburgo: “Quien no
se mueve, no
siente las cadenas”
(Lo interpretan, también, de una
manera singular: la libertad
en sí misma no es posible -estamos
condicionados desde lo
orgánico tanto como desde lo social: por la
Naturaleza y por
la cultura- pero la percepción, el sentimiento de
libertad existe
y puede alcanzarse en el ejercicio de resistencia al
movimiento -todo movimiento, es, en última instancia, algo
impuesto- La
concentración en la propia fuerza interior que
emana del estado de
reposo -único estado en que podemos
pensar y sentir en profundidad-
y nos libera de todo lo
condicionado:
ahí está la libertad,
en el interior del sujeto...
Afuera sólo hay límites).
Por último, para completar la idea de la evolución que los
mueve a defender y promover el estado de reposo:
"El destino y el sentido de toda evolución es acceder a un
estado superior. La evolución es movimiento.
No se puede negar el movimiento.
Pero bajo el peso de la ley de gravedad,
todo movimiento tiende al reposo, estado superior
y fin último de todo existir".