Translate

lunes, 24 de febrero de 2014

Focos de resistencia

(Remigio Remington)

            "El error consiste en desplazarse,
                desperdiciando así
                las posibilidades infinitas
                de nuestra infinita pobreza"
                    (Juan Gustavo Cobo Borda)

 
La evolución suele ser cruel,
a menudo impiadosa, tal vez menos
justa que necesaria, pero es un
camino sin retorno.

Los organismos más evolucionados
asistimos con indiferencia al colapso
y la desaparición de otros, de diversas
especies, que no han sabido adaptarse
a las nuevas condiciones que, en forma
continua impone el orden evolutivo.

(¿O es que no quieren adaptarse? ¿No
desean evolucionar?)

Hay quienes creen que somos responsables
de la extinción de otras especies: la acción
humana suele estar ligada a la alteración de
sus condiciones naturales de vida.

No entienden la verdadera naturaleza de
esos cambios: somos sólo un eslabón
en la cadena evolutiva, y también su producto.

Sí, la evolución puede ser cruel, injusta
y violenta casi siempre, pero no la imponemos
los humanos: está determinada por el orden
natural, al que también obedecemos.

II

Ya casi no quedan peatones,
la defensa del peatón es una causa perdida,
lo sabe hasta el hombre de a pie (el hombre
que se apea: todavía hoy, subsiste la necesidad
ó la costumbre de apearse, transitoriamente,
acaso como un anacronismo, un atavismo)

Hubo un tiempo en que la figura del peatón
era respetada, incluso hasta por las autoridades
(que como es sabido, no suelen rendir culto al
respeto por las minorías -ni por las mayorías)
Era común ver en la vía pública carteles que
señalaban: “Señor peatón, circule con precaución”,
lo que denotaba una consideración especial
hacia ese sector reacio a la evolución, que se negaba
a aceptar que el hombre es una prolongación de su
vehículo: se lo trataba de “señor”, lo que de algún
modo compensaba el destrato -al final la RAE acaba
reconociendo todo- que representaba la destrucción
sistemática de las veredas, la implementación
obligatoria de cruces cada vez más alejados de las
esquinas (con la intención oculta de desgastar y fatigar
al peatón tornándole la vida aún más difícil y trabajosa),
las sendas peatonales obstruidas por vehículos mal
estacionados, etc. etc...
(A todo esto, habría que agregar la aparición de nuevas
prácticas hostiles, como el “delivery” que vino a invadir
impunemente los pocos espacios que quedaban para el
peatón, con uno de sus peores enemigos: las motos)

Todo lo cual hacía casi imposible la libre circulación
del peatón incauto -e inclusive del peatón sin atributos-
 

III
Pero las autoridades continuaron con su política
agresiva de promover la movilidad social, a través
del estímulo a la expansión descontrolada de la
movilidad propia.

No faltaron algunas voces que intentaron alguna
melancólica defensa de este grupo de inadaptados:
“Todos fuimos peatones” esgrimían, buscando crear
un sentimiento de comprensión por parte de las fuerzas
vivas. Pero era evidente que ese argumento resultaba
poco sustentable: con la misma lógica se podría
sostener: “todos fuimos antropófagos” y recabar
solidaridad con quienes persisten en la defensa del
consumo de carne humana.

Se sabe, también, de grupos aislados que pretendieron
organizar alguna forma de resistencia alterando el
orden público, cortando calles, pintando árboles con
consignas alusivas, etc., así como de otros que prefirieron
la acción solapada, refugiándose en la clandestinidad,
para emprender acciones más riesgosas, como la pinchadura
de neumáticos y llegando incluso hasta la quema de vehículos.
 
 
IV
Entre las expresiones más irreductibles de este pensamiento
ultramontano, estaba “Peatones de Pie” (PP) un colectivo
inorgánico cuya oposición a la circulación de vehículos
comprendía también el transporte público (un caldo de cultivo
y transmisión de enfermedades, que además promueve el
hacinamiento y la promiscuidad).
Aborrecían tanto de la combustión -de cualquier índole-
como del transporte eléctrico y de la tracción a sangre:  
Pretender una velocidad mayor a la que el propio cuerpo 
puede desarrollar, es contrariar la naturaleza. Si ella lo 
hubiera querido así, nos hubiera dotado de los órganos 
necesarios para ese destino. 
 
Desde el núcleo duro de esta organización emanaba ese 
riguroso pensamiento, que expresaba una filosofía singular,
desmesurada en sus alcances, demostrando hasta dónde 
puede llevar a la mente humana, la profundización y el 
desarrollo descontrolados del sistema binario de pensar.
 
Lo que no es propio de nuestra condición, es contrario a ella.  
Luego, lo que no nos es natural, nos violenta y contamina. 
 
Si bien aceptamos que casi todas las actividades productivas
producen contaminación, para la visión particular de estos 
intransigentes, devenida en fundamentalismo a ultranza,
todo lo que hace al desenvolvimiento normal de nuestra 
sociedad, o sea a la vida civilizada, está contaminado, 
impregnado, cubierto por una pátina tóxica que nos envuelve 
y nos torna seres tóxicos.
 
Pretenden defender la libertad de conservar alguna forma 
de pureza.  No hay ninguna economía que justifique la 
dilapidación de energía que representa un automóvil que se 
desplaza llevando un tripulante, dicen; ni la extracción de 
combustibles fósiles que no harán sino reproducir la cadena 
contaminante hacia el colapso definitivo.

Pretenden defender la libertad en su forma más pura: 
suponen la existencia de un derecho individual por encima 
de lo social. 
 
Entienden que se debe respetar el derecho de cada uno a 
decidir por sí mismo en cuanto a los niveles de 
contaminación a aceptar como saludables, aceptables ó 
admisibles: O sea, desconocen la autoridad de aplicación de 
los órganos competentes para establecer los valores a 
respetar y observar para poder mantener 
una contaminación sustentable.
 
 
 V
Aceptan que la contaminación está instalada, incorporada en 
forma definitiva a nuestra forma de vida  (algo saludable, 
aceptar la realidad, acaso en su única muestra de sensatez) 
pero no están dispuestos a ceder en lo que consideran su 
derecho, una interpretación sesgada y singular del concepto 
de libertad.

Van más lejos: Sostienen que la verdadera libertad sólo 
puede ser posible a condición de suprimir todas las 
contradicciones propias del mundo sensible -el movimiento 
de los cuerpos sólo puede ser concebido en una relación de 
contradicción con otros movimientos-
 
Luego, el estado superior es el estado de reposo, 
y en consecuencia, todo movimiento es violencia. 
 
Ellos no creen que la violencia sea la condición natural del 
hombre, antes bien, se trataría de una condición adquirida
que pudo ser útil en algún momento de nuestra historia como 
especie, pero no en la etapa actual de nuestra evolución.

En cuanto a su noción de libertad, parece abrevar en una 
conocida frase de Rosa Luxemburgo: “Quien no se mueve, no 
siente las cadenas”
 
(Lo interpretan, también, de una manera singular: la libertad 
en sí misma no es posible -estamos condicionados desde lo 
orgánico tanto como desde lo social: por la Naturaleza y por 
la cultura- pero la percepción, el sentimiento de libertad existe
y puede alcanzarse en el ejercicio de resistencia al 
movimiento  -todo movimiento, es, en última instancia, algo 
impuesto-  La concentración en la propia fuerza interior que 
emana del estado de reposo -único estado en que podemos 
pensar y sentir en profundidad- y nos libera de todo lo 
condicionado: 
 
ahí está la libertad, en el interior del sujeto...
Afuera sólo hay límites).

Por último, para completar la idea de la evolución que los 
mueve a defender y promover el estado de reposo:

"El destino y el sentido de toda evolución es acceder a un 
estado superior.  La evolución es movimiento.  
No se puede negar el movimiento.

Pero bajo el peso de la ley de gravedad, 
todo movimiento tiende al reposo, estado superior 
y fin último de todo existir". 
 
 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

 
Licencia Creative Commons
http//ahoraqueestasausente.blogspot.com se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.