(Amílcar Ámbanos)
Establecen nuevos incentivos
para la producción de estímulos,
hay más estímulos que alicientes.
¿Qué se siente, Alicia, antes
de ser un ente?
¿Cuántos bucles hay que atravesar
para acceder a la pasión sintiente?
¿Habremos hecho lo suficiente?
Preguntado el Ser del Ente,
no se le movía un diente.
A mí se me movió uno, después
otro, hasta que todos cayeron
sirviendo al movimiento.
¿Caer en servicio es más digno
que caer en el vicio?
¿Y tú me lo preguntas?
La pregunta no es válida, Alicia,
carece de emoción y no genera
nada de valor.
¿Cuánto vale un diente que
abandonó su boca?
¿Vale más la pregunta capciosa?
No hay valor sin función, un diente
ocioso no tiene valor: el capital
ocioso es antinatural, como nuestras
prótesis, que no estamos dispuestos
a intercambiar.
Procedemos del comercio, pero no
todo es intercambio: intercambiamos
algunos fluidos, otros no.
El ocio nunca generó nada interesante,
a lo sumo algún que otro poema
absurdo y claudicante. Nada
muy estimulante.
¿Somos un vicio de la naturaleza?
¿Qué haremos con nuestros conectores
neuronales, cuando colapse el bucle y
caiga la inversión?
¿Qué harán nuestros correctores?
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