(Encarnación Segura)
Una mueca de alivio descendía
distendiendo el rictus del filósofo
autodidacta como un anacronismo
cargado de futuro.
De la fitogénesis a la fotosínstesis
había un paso que lo explicaba todo,
por lo menos.
Ahora se sentía iluminado
y agradecía esa luz ajena
que le inundaba el alma, antes
empozada.
Somos luz que encarnó, pensó.
Fitodependientes por naturaleza,
atravesamos las distintas secuencias
evolutivas de la luz, hasta hacerse
conciencia de sí misma:
Luz descarnada, reflejo degradado
del pasado de otra luz (toda nuestra
carne es el registro especulativo de
esa luz descompuesta en materia)
La evolución de la luz
resolvió en carne, por gracia del mar
verde de las plantas.
Los planetas sin verde, sin plantas
carecen de vida aunque reflejen
una luz estéril.
Las plantas sagradas ancestrales
nos recuerdan que sin fotosínstesis
no hay nada, ni conciencia de esa
nada que encarnamos.
Toda esta energía que consumimos
y nos hace consumirnos procede de
la savia de las plantas, cuyas hojas
supieron transformar la luz en vida:
Vida útil, inteligente, productiva
y otras manifestaciones de la vida
que no nos interesan.
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