(Tomás Lovano)
No preguntes qué hace el poema
por vos.
Más bien debieras preguntarte
qué estás haciendo vos por él.
No hables con el poema
de lo que no sabes:
Es tan indiferente como hablarle
de lo que sabes.
No hables con el poema.
Hay que soltar:
No te aferres al poema
que busca su forma
y va a encontrarla por sí mismo,
en cualquier parte y sin tu ayuda.
Él no te busca ni te necesita.
Pudo haberte merodeado en un
momento y no te encontró
porque no estabas disponible:
Es natural, no se puede estar
siempre disponible.
No trabajes demasiado en el poema
que se te resiste. Es tan inútil como
pedirle pares al alma.
El poema es, ante todo, resistencia.
Deberías saberlo; tampoco se hace
con el alma ni otro órgano específico.
No preguntes a las palabras por qué
no son poema: No fueron creadas
para eso, se acomodan mejor en un
cuerpo discursivo simple y directo.
En el Orden Artificial, cualquier cosa
puede ser parte de un poema, hasta el
conocimiento.
Pero tu conocimiento parcial y limitado
no te libra de la pregunta del acápite:
¿Para qué otro poema? ¿Acaso no hay
bastantes? ¿Qué es lo que te hace
abandonarlo e ir por otro?
¿Se debería penar la reincidencia?
¿Hay más preguntas?
No preguntes cuántas son, más bien
pregúntate si serías capaz de hacer
un poema con todas las preguntas.
Vivir es arder en preguntas, dijo un poeta
oscuro y luminoso como pocos, cuando aún
el mundo producía poetas malditos.
Si no tienes más preguntas, no escribas
poemas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario