(Dudamel Rambler)
Destiné un tiempo precioso
a corregir un poema.
Al cabo, resultó una pérdida
de tiempo, no noté que el poema
hubiera sufrido ninguna mejoría.
Debe ser la falta de costumbre.
No suelo corregir lo que escribo,
ni antes, ni después.
No es por un exceso de vanidad,
no creo que sea perfecto lo que
hago. Sólo los buenos poemas
admiten correcciones, los malos
son incorregibles.
No podría afirmar que sean todos
igual de malos, como tampoco lo
contrario:
A veces, alguno me deja buenas
sensaciones, una satisfacción que
luego se diluye con el tiempo.
Tal vez, sea ése el momento
de retomarlo y practicar las
correcciones necesarias.
Pero prefiero escribir otro, no
acostumbro a corregir; para eso
están los correctores.
Hay quienes escriben poemas correctos,
no es mi caso. Dicen que en todo poeta
habita un crítico severo. El mio, tendría
un retraso madurativo.
No me afecta la crítica, todo el mundo
tiene derecho a emitir juicios de valor
sobre todo.
No sé cuánto valor podría agregarle
una buena corrección a un poema,
pero respeto el goce de la crítica.
No suelo criticar poemas ajenos,
aunque sé percibir uno bueno.
Creo que tanto unos como otros
son necesarios: Si no existieran
los malos, habría que inventarlos.
Si no, no podríamos valorar
un buen poema.
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