(Tomás Lovano)
Las hendiduras del agua
horadan al nadador no iniciado
que no las reconoce.
Andariveles cóncavos
mejoran la trazabilidad del azar
y coadyuvan al pasaje de términos
entre dos fluídos, solidarizando en
cuerpos funcionales, provistos de
cavidades concomintantes.
Un cuerpo con oquedades suficientes
se desliza sin contratiempos en el
cuerpo líquido y es menos propenso
a distraerse en el paisaje y deshacerse
en precauciones vanas para velar el
alma.
Se percibe nativo, en relación soluble
a voluntades saludables que se hunden.
Se ofrece desasido al movimiento
y al reposo del líquido que lo contiene,
sin pensar en el aire, ni sopesar
la gravedad de su propio pensamiento
sumergido, incorporado a la función
líquida y autóctona.
Se nada en la insolvencia, no se piensa
si el agua es penetrable o lo inverso.
El agua sigue su curso
bajo todas las versiones.
Puede volver a vertirse
y pasar inadvertida por otro
nadador distinto de cero.
Pero no necesita invertir
para mantenerse a flote,
ni invertirse, reinventarse
o reconvertirse.
¿Hasta dónde, cuando se podrá nadar?
¿Hasta cuando aceptará su condición
subalterna de recurso?
¿Podrá sobrevivir el agua
al colapso de todos los recursos?
Confiamos en la industria del conocimiento:
Toda necesidad tiene una respuesta tecnológica
y llegado el caso, produciremos nuestras
propias aguas artificiales de diseño inteligente.
No hiendas el agua con la boca
¿Quién dijo que los cadáveres no flotan?
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