(Senecio Loserman)
Anidar, anida cualquiera,
con o sin vocación; hay lugares
de sobra. Luego, Dios dispone
las comodidades que merece.
Hoy, nadie piensa en el techo
propio: es un absurdo, una pavada.
(Ésto, o algo así, me dijo un don
nadie con quien compartí un viaje
lejano, que casi no recuerdo)
Nadie sabe quién será su compañero
de viaje, cuando viajamos solos.
Hay quienes necesitan hablar
para matar el tiempo.
Somos capaces de hablar de cualquier
cosa, hasta de la muerte con tal de
matar el tiempo.
Las palabras anidan en cualquier parte
del viaje y son un buen relleno sanitario
para obturar ese vacío en movimiento.
II
Anidar anida cualquiera, con un poco
de voluntad: hay nidos adaptables
a las distintas condiciones
del deseo del otro.
El viaje puede ser demasiado largo
y resultar tedioso. Somos dados al
intercambio: es propio de la naturaleza
humana buscar cómplices, para matar
lo que sea.
Se supone que nadie desea viajar solo,
aún cuando reconozcamos que el nuestro
es un viaje único, y por tanto solitario.
Hay que ser solidario con la soledad del
otro; podría necesitar nuestra complicidad
para apurar ese tiempo muerto, aunque
nunca más en la vida nos volvamos a cruzar.
III
Crucemos los dedos: Lo correcto es mostrarse
disponible, abierto a compartir toda esa muerte
que nos une, y aliviar la espera hasta llegar a
destino.
La situación se puede complicar, para
quien sólo quiere disfrutar en silencio
su viaje solitario.
La soledad es mala compañera: Por valorarla
más de lo aconsejable, algunos desistimos de
cualquier viaje que implique abandonar el nido.
Es mejor quedarse en casa
y disfrutar en la intimidad recordando
viejos viajes, me aconsejaba el viajero
que huía, hoy viajante jubilado.
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