(Malcolm Mercader Ergástulas)
No se despeina la piedra
al despeñarse.
La piedra no tiene huesos
como para fabricar un peine
y poder necesitarlo.
No necesita un exoesqueleto
que la proteja del enemigo:
Las piedras no tienen muchos
enemigos, no reconocen al
enemigo interno ni al inversor
externo que podría impulsar su
desarrollo.
Las piedras son tan ajenas
a quienes las arrojan como
a la voluntad del emprendedor
empedernido.
La piedra tiene otros intereses,
no sabe empecinarse, empedernirse
ni emperifollarse para conquistar a
otras.
La piedra no quiere dejar de ser piedra
ni encolumnarse para ser pared. No se
autopercibe arma.
La piedra no se despeina al despeñarse.
No la despeina el viento, ni la Historia.
Y nunca pierde la memoria.
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