(Onésimo Evans)
No voy a atolondrarme así nomás,
aunque tenga motivos.
Todos tenemos motivos para desarrollar
algo, y hasta hacer que evolucione
en su opuesto.
Incluso la abstención es una forma
de contribuir a aquello que nunca
deseamos ni desearíamos.
El atolondrado, tal vez sepa lo que hace
pero no lo que produce: El exceso,
confunde a propios y extraños.
Nadie es un extraño en este mundo,
ni está libre de culpa: En distintas
magnitudes, todos hacemos daño.
II
Como paciente ambulatorio
en un lugar acotado y una época
repugnante, uno puede armar
su estrategia y observar el desarrollo
de las contradicciones.
Tampoco es el fin del mundo, que
también llegará inexorablemente,
a su debido tiempo.
Todos los deseos tienen un fin
más o menos opinable.
A su momento, cada uno buscará
refugio donde le convenga.
No conviene atolondrarse ni desesperar:
Los desesperados nunca consiguen
nada, aunque no pierdan la esperanza
(Podrían ser un buen ejemplo, en otra
parte de la historia)
III
Siempre hay motivos para pensar en
otra cosa, sin moverse mucho.
¿Quién dijo que este mundo era un
lugar seguro?
Nuestra modesta historia es pródiga
en contradicciones; siempre necesitaron
tiempo para desarrollarse, no se puede
anticipar nada.
La sana convivencia provee los recursos
para adaptarse a la falta de futuro
y disfrutarlo: Somos más presente que
nunca.
Todo tiene un fin, no hay motivos para
alimentar esperanzas en desterrar el hambre
u otras endemias de diseño.
Ya ni los necios esperan finales felices.
Acaso ellos sean más felices, y sólo su
necedad les impida reconocerlo.
La realidad no ofrece muchas esperanzas.
Sin embargo, hay quienes a pesar de todo,
aman, de puro atolondrados.
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