(Eleuterio York)
El enterrador había caído en un
pozo depresivo, cumplía sus
obligaciones como lo había hecho
siempre:
Conocía su oficio u arte monótono
como ninguno y eso le permitía
realizarlo, aún en estas condiciones,
sin las motivaciones habituales de
quien ama su trabajo.
Sentía que no era el de siempre,
aunque nadie lo notara.
El enterrador sentía que se le había
empozado el alma, no sabía por qué
ahora acunaba ese vacío en el pecho
que no lo abandonaba.
Como un autómata, repetía los movimientos
conocidos y tantas veces repetidos, pero sin
obtener sentido: Hay que salir del pozo, se
repetía sin ilusión.
Siempre había amado su trabajo,
la motivación de sentirse socialmente útil
le agregaba valor y alimentaba su orgullo.
Pero ahora no, nada era igual y no encontraba
respuestas ni en el fondo de su alma empozada.
En cambio, sólo emergía una pregunta
que no se animaba a formular:
¿Había perdido la pasión?
¿Era esa su verdadera vocación?
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