(Onésimo Evans)
Poco después de crear el mundo
y sus océanos, junto con el sol, la
luna y todos los planetas subalternos,
Dios se dio a la tarea de crear todas
las criaturas que poblarían el mundo,
para ponerlas a disposición de su
criatura elegida:
La humana, diseñada a imagen semejanza.
Antes de tomar su merecido descanso,
(crear cansa) también dispuso la creación
de la igualdad de oportunidades.
Viendo que no era tan buena como parecía
antes de crearla, consultó a sus asesores más
conspícuos:
Ellos le hicieron notar que la igualdad, en
sí misma no servía para nada fuera de las
matemáticas, que a nadie interesaban
todavía.
Hablarles de igualdad a esta clase de mamíferos
que se desviven por gozar de la sana competencia,
es algo inútil. Le explicaron con respeto.
Entoneces, persuadido, el Artífice desterró de un
soplo la igualdad, y vio que era bueno, porque
generaba oportunidades de desarrollo para que
todos pudieran gozar libremente del beneficio
de la competencia, según sus capacidades.
Uno no puede estar en todo, reconoció el Creador
con su humildad divina, y no menos infinita.
Y agradeció a su cuerpo de asesores agasajándolos
con un banquete sobrenatural, en un ambiente de
franca camaradería celestial.
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