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jueves, 21 de noviembre de 2024

Parábola del misionero

 

(Elpidio Lamela)

 

El misionero y la misionera

treparon a una higuera.


Ambos cumplían sus promesas,

distintas pero simétricas.


Como buen caballero,

iba detrás el misionero,

custodiando las espaldas

de la misionera.


Ambos ascendían, mirando

hacia la cima todavía lejana,

de aquella generosa higuera.


Aunque no compartían la misma

visión: Mientras la misionera

avizoraba las ramas altas y fructíferas


del árbol femenino, que estimulaban

su ascenso, el misionero disfrutaba

otro paisaje, bajo la falda encaramada

de la misionera.


No era un estímulo menor, para

sostener el ritmo ascendente, aunque

como buen caballero, el misionero

hacía la vista gorda: no quería distraer

energías hasta alcanzar la meta.


Ya en la cima, cumplidas las promesas,

el follaje de la higuera generosa

los protegía de miradas indiscretas

y eran libres de responder al llamado

de la carne.


La carne sólo pide carne: sus cuerpos

sofocados pedían sexo, pegoteados por

el roce de las brevas maduras, maduraba

el deseo de los cuerpos impregnados

del dulce zumo y la fiebre de la pasión

que despertaba el sol canicular.


¿Era ése el amor verdadero, que proviene

de emanación divina?


En tales circunstancias es difícil responder.

Nadie sensato se formula esa pregunta

fuera de contexto y, si bien había tensión

en tener que sostenerse ahí arriba, y las

comodidades no eran las mejores, la


misionera había encontrado una rama

gruesa y amigable, donde descansar y

entregarse: estaba dispuesta, por no decir

ansiosa, por no decir urgida, por no decir

desesperada, por no decir…


No había mucho para decir, la primavera

es así y nada vivo le es ajeno.

El misionero no se quedaba atrás, aunque

tampoco avanzaba, pese al avanzado estado

de su deseo: Hay un problema, Soledad…


-No importa, después lo hablamos.

-Es que sólo tengo permitida la posición

del misionero, y acá resulta impracticable.

Es un mandato divino, hay que pecar como

Dios manda, es nuestra misión.


-¿Qué misión?


-Pensemos en otra cosa. Tomá, disfrutemos

estos higos maduros…


-No quiero un higo tuyo, si lo qusiera lo

tomo. Debí haberlo sospechado...


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