(Elpidio Lamela)
El misionero y la misionera
treparon a una higuera.
Ambos cumplían sus promesas,
distintas pero simétricas.
Como buen caballero,
iba detrás el misionero,
custodiando las espaldas
de la misionera.
Ambos ascendían, mirando
hacia la cima todavía lejana,
de aquella generosa higuera.
Aunque no compartían la misma
visión: Mientras la misionera
avizoraba las ramas altas y fructíferas
del árbol femenino, que estimulaban
su ascenso, el misionero disfrutaba
otro paisaje, bajo la falda encaramada
de la misionera.
No era un estímulo menor, para
sostener el ritmo ascendente, aunque
como buen caballero, el misionero
hacía la vista gorda: no quería distraer
energías hasta alcanzar la meta.
Ya en la cima, cumplidas las promesas,
el follaje de la higuera generosa
los protegía de miradas indiscretas
y eran libres de responder al llamado
de la carne.
La carne sólo pide carne: sus cuerpos
sofocados pedían sexo, pegoteados por
el roce de las brevas maduras, maduraba
el deseo de los cuerpos impregnados
del dulce zumo y la fiebre de la pasión
que despertaba el sol canicular.
¿Era ése el amor verdadero, que proviene
de emanación divina?
En tales circunstancias es difícil responder.
Nadie sensato se formula esa pregunta
fuera de contexto y, si bien había tensión
en tener que sostenerse ahí arriba, y las
comodidades no eran las mejores, la
misionera había encontrado una rama
gruesa y amigable, donde descansar y
entregarse: estaba dispuesta, por no decir
ansiosa, por no decir urgida, por no decir
desesperada, por no decir…
No había mucho para decir, la primavera
es así y nada vivo le es ajeno.
El misionero no se quedaba atrás, aunque
tampoco avanzaba, pese al avanzado estado
de su deseo: Hay un problema, Soledad…
-No importa, después lo hablamos.
-Es que sólo tengo permitida la posición
del misionero, y acá resulta impracticable.
Es un mandato divino, hay que pecar como
Dios manda, es nuestra misión.
-¿Qué misión?
-Pensemos en otra cosa. Tomá, disfrutemos
estos higos maduros…
-No quiero un higo tuyo, si lo qusiera lo
tomo. Debí haberlo sospechado...
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