(Amílcar Ámbanos)
El cepillado de los dientes, es uno de los
hábitos que incorporamos a temprana
edad, poco después de incorporar los
dientes.
Es aconsejable hacerlo luego de cada
comida. Los organismos obsesivos no
esperan mucho, saben que las bacterias
se reproducen a una velocidad vertiginosa
y una demora mayor a los diez minutos
puede derivar en un daño irreparable.
Algunos, lo hacen incluso sin haber comido,
en forma preventiva (no soportan la idea de
emitir un aliento indeseable)
Puede que sea una buena decisión, o no.
Hay que ser cauteloso, la eficacia no es
cuestión de energía y voluntad, sino de
minuciosidad y técnica.
Empecé a cepillarme con naturalidad
(suponiendo que hacerlo forme parte
del Orden Natural)
Sin esfuerzo y dibujando pequeños círculos
de un modo automático, como ocurre con
casi todos los hábitos bien tramitados.
Pronto noté que el bazo izquierdo, y su mano
comprometidos en la acción, parecían no
obedecerme; no sentía que fuera yo quien la
ejecutaba, ni acusaba el trabajo de los músculos
implicados.
Era como algo mecánico, un movimiento
inercial, que no sólo se sostenía en su propia
función repetitiva sino que era, a la vez, objeto
y sujeto de la propia excitación producida por
el movimiento reproducido:
Una erogación de energía, que si bien me
resultaba ajena, no dejaba de incluir una
sensación placentera, y acaso produjera
endorfinas, que siempre vienen bien.
Observé que no podía hacer mucho, y que
la intensidad del movimiento aumentaba
(Los placeres son cortos, los pesares son
largos: recordé al poeta. También evoqué
las coplas de Manrique y es posible que
algo más)
El calor generado por la mecánica del
movimiento que se aceleraba (energía
cinética), ya fuera de control, comenzó
a producir efectos no deseados:
Los dientes, esos tejidos tan duros que no
parecen materia orgánica, se dilataban y
partían. Sus fragmentos iban cayendo de
la boca, que parecía no pertenecerme,
mezclados con espuma y sangre.
No recuerdo mucho más, ni cuál fue la
duración de este ejercicio higiénico.
En algún momento todo volvió a la normalidad.
No sé si después de esta experiencia, hubiera
decidido no volver a cepillar mis dientes, pero
ya no lo necesito.
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