(Onésimo Evans)
El pájaro vociferante no paraba
de blasfemar, su prédica exaltada,
insidiosa, pródiga en obscenidades
y exabruptos hacía sonrojar a las
damas mejor plantadas, al ama de
casa y hasta al hombre de la calle
sorprendido en su rutina cotidiana.
Todo en él era exceso, desde su voz
altisonante y desafinada a su plumaje
desparejo e hirsuto.
Algunos transeúntes pretendían hacerse
los desentendidos: la vida del peatón
es ya bastante dura de por sí, para
prestarse a estos estímulos negativos y
hacerse eco de cualquier causa ocasional,
más aún cuando el emisor de ese discurso
disolvente era un ave, de dudosa estirpe:
Era peor. Con éstos se ensañaba de un
modo especial: en un vuelo preciso y
calculado les descargaba su excremento
obscuro y pegajoso, que acompañaba una
risotada y un “yo te bautizo, hermano”
El pájaro vociferante no cejaba en su
práctica ominosa, sus excesos verbales
habían llegado a las altas esferas, que se
disponían a tomar cartas en el asunto.
Las autoridades habían puesto precio a
su cabeza y la Liga de Madres de Familia
colectaba fondos para organizar y financiar
la defensa de la moral y las buenas costumbres
contratando personal idóneo.
Tenía pedido de captura, puede que lo supiera
pero no le importaba: hacía caso omiso y seguía
en lo suyo con una voluntad digna de mejor
causa.
No paraba de blasfemar y burlarse de creyentes,
auspiciantes, allegados y conversos. Se burlaba de
todos, sin discriminar. Pero lo peor era su risa
desafiante, sarcástica, soez y disonante.
Por fin, para alivio de la comunidad y las fuerzas
vivas en su conjunto (o al menos la parte sana)
todo concluyó, como suele ocurrir, y la vida
volvió a la normalidad.
Según testimonios que prefieren mantener el
anonimato, el deceso se habría producido a
consecuencia de un ataque de risa. Algo así
como una muerte natural para estas criaturas
del averno.
Por suerte son pocos los animales que hablan.
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