(Alí Carnazo)
Señor, cuando era pequeño aún,
dijeron por mi yo creo en ti.
Yo no dije nada, tampoco lo pedí,
no estaba en condiciones de aceptar
o rechazar: No había sido iniciado
en el comercio de la palabra.
No me resigné, ni eso podía.
Mucho menos hubiera podido
abrazar alguna fe aunque no tuviera
nada que perder.
No podía entender lo que hacían
conmigo, una criatura indefensa,
que no controlaba esfínteres, ni
podía ejercer su voluntad.
Cuando pude comprender, renegué
de todo aquello con todo derecho:
Sentí que fue una falta de respeto,
un abuso de autoridad, un exceso
que no podía perdonar.
Así como fueron capaces de hacer
eso y someterme, podrían también
haber hecho cualquier cosa en mi
nombre o conmigo, sin que pudiera
defenderme o resistir.
No sé si configura pecado
para su religión, pero para mi
fue una falta grave, muy grave,
que el tiempo no atemperó:
Esas marcas infrigidas a tan temprana
edad, nunca se olvidan.
Ahora ellos están muertos, no pueden
decir nada, llevan muchos años así
y no puedo reprocharles nada.
No sé si fue un castigo justo, Señor,
pero a partir de ahí pude encontrar
sentido a la justicia divina y creo
que volvería a creer.
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