(Amílcar Ámbanos)
Si no presenta forma de poema,
ni respeta las consignas ¿Cómo
sabe, el lector de poemas, que está
leyendo uno?
¿Perdería su tiempo en lecturas
de naturaleza dudosa, con la misma
disposición que ante un poema
verdadero, auténtico y genuino?
Alguno, tal vez sí, dado que no todos
disponen de elementos para determinar
con precisión cuáles son las funciones
que debe observar el poema verdadero.
Sin esos recursos, es probable
que tampoco detecte si las cumple,
total o parcialmente.
Muchos, ni siquiera las conocen, aún
habiendo leído una cantidad de poemas,
incluso alguno auténtico.
Tal vez, algunas funciones se presenten
en este supuesto poema, aunque el lector
no pueda registrarlo:
Todo lo que no conocemos nos resulta
ajeno.
El poema, no es un bien enajenable
ni un objeto de valor: En eso, no hay
lugar para la duda.
Pero no es condición suficiente para
acreditar que estamos en presencia
de un auténtico poema.
Tampoco hay que confiar mucho
en lo que parece: Que revista la forma
de un poema no significa que lo sea:
Apenas, que el autor intenta persuadirnos
de que hizo un poema. No todo es lo que
parece:
Las formas son tan engañosas como los
cuerpos y las palabras que cobran cuerpo
en el poema, aunque no sea lo que dice.
Ante la duda, siempre conviene sospechar:
No podemos leer todos los pretendidos
poemas que circulan; resulta imperioso
ser selectivo.
El verdadero poema, no vacila, ni necesita
demostrar lo que es: Incluso puede generar
alguna duda, pero no busca en forma explícita
aumentar nuestro volumen de dudas naturales
o adquiridas.
Le basta con adoptar esta forma de poema
y observar el cumplimiento de su función
primordial, para que nadie dude de lo que es.
Aún cuando el lector no lo sepa, ni se lo
pregunte.
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