(Epifanio Webber)
Ten paciencia.
Espera a que el barro se
asiente y el agua se aclare.
Quédate quieto hasta que
decante la verdad en pensamiento
y el movimiento correcto surja
por sí solo,
y te embarre.
Ten paciencia.
Espera a que el barro se
asiente y el agua se aclare.
Quédate quieto hasta que
decante la verdad en pensamiento
y el movimiento correcto surja
por sí solo,
y te embarre.
Cuántas mascotas necesita
un prójimo, le pregunté a un
picahueso muy elegante,
que parecía sincero.
-No tengo una respuesta taxativa,
pero podrían ser más, para ser
sincero.
Agradecí la sinceridad, tanto como
la información, que luego abundó:
-Mascotas y prójimos son cambiantes
por naturaleza, aunque saben adaptarse
a distintas condiciones sin perder la suya:
Hay prójimos que pueden servir como
mascotas, y mascotas que resultan más
confiables que el prójimo.
No le voy a mentir: yo no pertenezco a
ninguna de esa categorías, ni tengo otro
interés común que picar semillas y
carozos.
-Sí, valoro y agradezco su desinterés
sincero.
-Ahora bien, si el prójimo adopta una
mascota más efímera que él, va a tener
que reponerla: tal vez necesite cinco o
seis, dependerá del tipo de mascota y de
la edad del prójimo al iniciarse como
adoptante.
-Su respuesta es muy sensata, no sé
cómo pagarle.
-No se haga problema, acepto todo:
Puede abonar con su QR.
Todo poema es engañoso
cuando se extiende más de lo
que su duración necesita.
La extensión que excede
la duración verdadera
expresa el fracaso del poema.
Un buen poema, no necesita
demasiado tiempo para ocupar
un lugar en el espacio poético:
No necesita mucho espacio
para ser en el tiempo
y perdurar después de haber
sido abandonado a su suerte.
El poema perfecto, ese al que
todo auténtico poeta aspira,
no dura más que un suspiro,
un suspiro casi divino.
(El suspiro de Dios es siempre
eterno, no sabemos si infinito)
Había elevado la autoestima
a niveles óptimos, lo adecuado
para emprender cualquier actividad
como dicen ls manuales.
Cuando se obtiene esta autovaloración
tan alta, no se necesita colaboración
externa ni autoayuda:
Según los asesores más calificados,
estaríamos en condiciones de lograr todo
lo que nos propusiéramos, y más.
Lo sabía, hasta ahí el panorama era
positivo, incluso no podía ser más promisorio.
Sin embargo, todo tiene su envés: esa parte
negativa imposible de desactivar o neutralizar:
Saberse capaz de todo, lejos de representar un
desafío, puede impulsarnos al tedio, la desazón
o la desidia, estimulando la el desarrollo de la
pasividad hasta la ignavia.
¿Qué aventura habría en hacer aquello
que sabemos de antemano que podemos hacer
sin margen de error? ¿Qué goce, al comprobar
lo que ya sabíamos?
Luego, la autoestima se esfumina
con la misma evanescencia de los
mercados.
Es cierto que no sabemos casi nada
de Dios. En cambio, Él todo lo sabe
de nosotros, por lo que sabemos:
resulta natural, habiéndonos creado.
Luego, es natural confiar y descansaqr
en su buen criterio, sin duda mejor y
más justo que el nuestro, dado que es
de naturaleza superior y sobrenatural.
Es cierto que es una relación asimétrica,
pero siempre funcionó, y aún funciona.
No es mucho más asimétrica que las
otras relaciones que entablamos a
imagen semejanza.
No hay nada que temer, no es necesario
saber mucho más: De Dios para abajo
no tememos a nadie.
¿Quién querría cambiar algo que siempre
funcionó?
Sabemos que hay quienes no se conforman
con estas verdades, pero inadaptados hubo
siempre:
Él sabe darles su merecido, la justicia divina
es más perfecta que la nuestra.
Como sujeto dejaba que desear,
pero escribía algunas lineas
envidiables.
Su escritura era sólida y fluída,
sin fisuras, pero no resolvía el
tratamiento poético de sus residuos
patológicos de modo sustentable.
Lo más envidiable, es que con toda
esa porquería pudiera hacer algún
poema bueno y envidiable.
Como sujeto dejaba bastante que
desear. Pero una cosa es el sujeto
físico, el histórico, el político, otro
el que produce el lenguaje y otro el
sujeto poético.
Podemos diferenciarlos, pero no
compartir sus diferencias: Hay cosas
que no se comparten, sólo podemos
envidiarlas.
Fuera de ahí, el sujeto sano no tiene
nada que envidiar, en otras palabras,
no despierta sino una sana envidia
y nunca deja que desear.
Cuando capitulamos
damos vuelta la hoja.
Ya está: No nos podemos
anclar en el pasado, no
ofrece ninguna utilidad.
La Historia está atiborrada
de nuerte y sepulturas; no
podemos contar con los muertos.
Y contarlos no sirve para nada:
Son los que son, y es probable
que sean más.
Es mejor hacer borrón y cuenta
nueva, abrir una nueva cuenta en
cualquier parte y disfrutar las
oportunidades del porvenir que
pronto se harán presentes:
Las que perdimos en el pasado,
no volverán, merecen olvidarse.
Cuando capìtulamos, damos
vuelta la página; nos mostramos
disponibles al futuro, que es mucho
más excitante que el pasado.
Cuando capitulamos,
estamos habilitando oportunidades
para recapitular.