(Ricardo Mansoler)
El hongo no sabe estar solo,
aunque su presencia aparezca
como una discontinuidad del paisaje
desierto de hongos:
Un cuerpo que emerge vertical
y emite una sombra proporcional,
materia organizada que se eleva
sobre el horizonte (el mismo horizonte
desde el que elevamos nuestras oraciones
cotidianas)
Ningún hongo está solo, aunque lo
parezca. Ellos saben sobreactuar esa
pretendida soledad ante presencias
extrañas y atraer la atención
del viandante incauto y no avezado.
(Hay quienes mueren por besar un hongo.
Nunca beses un hongo desconocido, estos
seres pueden ser tan atractivos como letales)
Hay hongos amigables y hasta comestibles,
pero lo más seguro es dudar de todos, salvo
de los que provienen del cultivo humano
y tienen precio: Es justo pagar por despejar
las dudas; todo tiene su precio, aunque sea
excesivo (los excesos se pagan)
El hongo vive poco, goza de una condición
efímera respecto de otros organismos, tan
o más dudosos.
Sirven para hacer metáforas, alimentar
fantasías, y poco más.
Son engañosos, como las metáforas.
Nadie está solo como un hongo, porque
el hongo nunca está solo: es la emergencia
visible de una comunidad subterránea
altamente organizada que se extiende
a lo largo del planeta.
Plantea algo más simple el hongo, su
presencia: Ni flor ni fruto, carne blanca
u obscura que brota de la nada y no
pregunta cuánto es.
¿Como es arriba es abajo?
El hongo no responde, no se mueve.
La contradicción y la metáfora no entran
en su metabolismo.
No sabe cuanto vale la hora hongo, no
labra su futuro ni necesita saberse libre
y esperar que vuelen sus esporas.
El hongo no se inmuta, no se mueve;
el hongo no elonga. No finge ni funge
de ser lo que no es: es sólo un hongo.
No se cansa de ser hongo, ni ofrece
resistencia a las clasificaciones y a las
metáforas de hongos.
No tiene sexo ni género, ni son todos
iguales. No se arrepienten de ser hongos
ni reniegan de su condición efímera.
Los hongos no van al cielo, ni aspiran.
No gozan de adjetivos posesivos ni
pronombres (nuestra casa, mi amor,
mi cielo, micelio es nuestro nombre
de su mundo)
Pueden crecer, o no, es indistinto;
su instinto de hongo es suficiente
para reproducirse mucho más allá
del tiempo en que se lee o escribe
un poema fungible.
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