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lunes, 28 de agosto de 2023

El arte de la definición

 

(Nicasio Uranio)

 

Era un elegido, a todas luces;

un jugador distinto en más de un

sentido.


Su técnica exquisita, la capacidad

de improvisar y desairar a la marca

con su gambeta indescifrable, sumado

a la velocidad mental, el manejo de

todos los perfiles, de los tiempos y

el sentido de ubicación, eran más que

suficientes para que fuera admirado

por propios y extraños, y codiciado por

los clubes más ambiciosos.


Era un elegido, sin duda destinado a

brillar en lo más alto, solo. Sólo que

no lo supo aprovechar, o tal vez no lo

quiso.


Lo que le jugaba en contra, era precisamente

su pasión por el juego: Gozaba el juego en

sí mismo, desdeñando cualquier definición,

o cualquier otra definición:


Se hamacaba para una lado, para otro,

engañaba y pasaba, amenazaba sin llegar

a definir. Volvía atrás, se reiniciaba (era

capaz de repetir la misma jugada varias veces,

ofreciéndole siempre otra oportunidad a su

marcador ocasional, que invariablemente eran

desaprovechadas hasta acabar en una falta, un

exceso que a menudo le costaba la expulsión

al desdichado, ya harto de tanta humillación.


La sanción podía terminar en festejo, gracias

a los buenos oficios de algún compañero: Él

rechazaba encargarse de la ejecución, no por

incapacidad o temor al error no forzado, sino

que no lo disfrutaba; le resultaba demasiado

fácil, no constituía un desafío.



II

Lo suyo era el juego; jugar, burlar a su marcador

y a todos los que se cruzaran en su camino,

siempre impredecible. Pero no con la intención

de ponerlos en ridículo, sino por el propio goce

de ejercer su arte y compartirlo con el público,

que lo festejaba a rabiar y lo gozaba como sólo

se goza el verdadero arte.


Pero no era un goce simétrico: el sentimiento

popular no se completaba contemplando el

suyo y disfrutando su magia y sus proezas:

Faltaba la culminación de ese arte en el

resultado, y el público caía en la impaciencia.


La impaciencia puede ser parte del juego, y

hacer que todo cambie y no termine como

hubiera sido deseable:


La afición se fue decepcionando y le bajó

el pulgar: Los elogios, alabanzas y el amor

evolucionaron en sentencias como: es pura

espuma, es un calesitero, estaba inflado por

el periodismo…


Mientras los relatores y comentaristas hablaban

de la gambeta intrascendente, improductiva y

de las malas decisiones.


El destino sabe burlarse de los que abusan

de la burla, aunque sea sana ¿La hay?


El licenciado E. Lamela se interesó en el tema

y realizó un estudio sobre la pasión, la cuestión

lúdica y la ecuación entre volumen de juego e

incapacidad de definición.


En su trabajo, equipara el juego y trabajo de

campo con el amor y sus vaivenes.

En ambos casos hay una tensión que se desarrolla

en un sentido determinado por distintos factores.

Este desarrollo conduce a producir una resolución:


El orgasmo en un caso, el gol en el otro.

Cuando el útil penetra en la valla del Otro, esa

cavidad con red, se alcanza la condición orgásmica:


La parcialidad se abraza a ese goce efímero que

pareciera tener más valor que la vida misma:


Resolver, definir, anotar, convertir o embocar, en

un lenguaje más burdo y popular, son términos

que comparten un sentido: el sentido de la muerte,

de algo que concluye, que empieza a definirse o

acaba definiendo el sentido del juego.



III

La violencia no es ajena a las definiciones, sino

que es parte de la emoción: No hay competencia

sin violencia, aunque pueda estar disfrazada de

mil modos (la violencia encubierta es natural a

casi toda expresión de la naturaleza humana)


¿Postergar la definición puede ser también una

forma de violencia encubierta?


Lamela no da una respuesta definitiva (él no

suele dar respuestas, prefiere ofrecer preguntas

y mantenerse ajeno a las definiciones, que

considera siempre sospechosas)


Podríamos aventurar que anteponer el juego,

el propio goce de jugar a las definiciones que

todos esperamos, podría significar una falta

grave al soporte emotivo que sostiene la

actividad deportiva como espectáculo, negocio

y sentimiento.


¿Son negociables los sentimientos?


Los populares pareciera que sí, los otros no

sabemos. Pero el lic. Lamela no se pronuncia

y deja la definición abierta.


¿Podría haber juego sin resolución, sin definición?


¿A quién atraería ese juego indefinido y sin promesa

de definición?


¿Puede pensarse en un amor indefinido?


Tal vez sí, y su goce fuera sólo de unos elegidos,

que podrían no aprovecharlo, o ni siquiera

saber que lo son.




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