(Amílcar Ámbanos)
-Pobre finado, era tan afinado…
-¿Ah, sí?
-Dicen que tenía oído absoluto.
-Qué pena, hasta lo absoluto se pierde…
-Sí, una pérdida invalorable.
-¿Lo oyó cantar?
-No, no tengo oído absoluto, lo que sí
sé es que silbaba como los dioses.
-¿Cómo silban los dioses?
-No sé, no nunca tuve oído absoluto.
-Pero a él sí lo oyó silbar…
-Sí, varias veces, era una maravilla, no
como tanto improvisado que anda
silbando por ahí. Era tan afinado al
cantar, como al silbar, según dicen los
que saben.
-No cualquiera…
-No, era tan afinado el finado que ni al
toser desafinaba. Una pena que tenga
que guardar silencio para siempre.
-Tanta afinación perdida, qué pecado...
¿De qué sirve una vida sin desafinar nunca
si después todo eso se pierde..?
-Sí, no somos nada, tampoco se hereda el
oído absoluto, dicen los que saben.
-Para lo que hay que saber...
No hay comentarios:
Publicar un comentario