(Mabel Pintos)
Era un pastor normal,
como cualquier profesional.
Aunque sin mucho predicamento
como predicador.
Su condición de pastor
no alcanzaba a fracasar
por falta de rebaño.
Pero su vocación pastoril
y pastoral lo llevó a recorrer
los campos populares y nacionales
y otras entelequias, llevando
su palabra libre de impurezas.
Incansable y entregado a su misión
divina, se internó en las afueras
de la ciudad, en esos campos donde
sólo florece la contaminación.
La vocación y la fe, son las mejores
armas disponibles para combatir
el mal y todo tipo de malezas.
Su prédica no se veía afectada
por la falta de rebaño o interlocutor
válido.
La llama de su fe no se apagaba:
Yo predico para mi, quien quiera oir
que oiga, no pregunto cuántos son:
Es la única verdad.
No me importan los demás: La verdad
no necesita ser compartida para serlo.
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