(Abel A. Borda)
Con ínfulas legítimas,
podía jactarse ante propios
y extraños, y hasta ufanarse
de su jactancia genuina.
Aunque no solía caer en excesos:
Nunca se vanagloriaba en vano,
sabía reconocer sus límites
y se ufanaba de su reconocimiento.
Era un reconocimiento justo:
Cuando sospechaba que otro
podía superarlo en algo, guardaba
sus ínfulas y hacía gala de una
humildad superior, algo envidiable.
En eso también era único,
como todo el mundo, sólo que sabía
hacerlo valer.
No es para ufanarse, ni alardear,
pero sólo los humanos conocemos
la envidia, un sentimiento ajeno
a los animales comunes, y somos
capaces de envidiar cualquier cosa.
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