(Elpidio Lamela)
La sospecha es anterior a todo
sentimiento humano.
Incluso antes de alcanzar esta
categoría, cuando aún no nos
diferenciábamos de los animales,
se estima que no nos era ajena.
¿La sospecha existió siempre?
Es posible, no se puede aventurar.
No contamos con los elementos
suficientes para afirmar nada
que no sea una especulación teórica:
Las especulaciones teóricas
siempre fueron sospechosas.
Aunque sospechamos que nada
existió siempre.
Se puede barruntar que en esos tiempos
prehumanos, nuestros ancestros
antropoides no confiaban en nadie,
ni en el prójimo, que solía encubrir
a un enemigo.
Ya antes de asomar a la condición humana
el hombre estaba rodeado de enemigos.
Eso explica que sus mayores energías
se destinaran a la lucha por la vida,
que incluía a los grandes predadores
tanto como al prójimo.
Esta actitud, dominada por la sospecha
a todo lo vivo o sospechoso, fue lo que
los hizo fuertes para superar contratiempos
y condiciones adversas.
La evolución, movida por la necesidad,
despertó la sospecha de que, ante enemigos
comunes, convenía unirse, aunque fuera
en forma provisoria.
Ese interés, sospechoso como todos
y no menos que la palabra evolución,
creó una nueva necesidad: la palabra.
En un principio no fue el verbo,
sino unos monosílabos rudimentarios
y bastante sospechosos.
Luego de probarlos a todos, que tampoco
son tantos, comprobaron que podía haber
más, pero eran insuficientes para acordar
estrategias de defensa o ataque.
La necesidad encarnó en el verbo:
No sabemos si fue un verbo compuesto,
copulativo o transitivo. No es posible
averiguar cuál fue el primero, aunque
sospechamos que usaban el infinitivo.
A partir de ahí, todo cambió y comenzamos
a creer, a confiar en la palabra, en el prójimo
y a cultivar la fe:
Ese sentimiento exclusivo de la especie,
que nos hizo aún más sospechosos
para los animales inferiores.
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