(Amílcar Ámbanos)
La figura del
Exitosísimo Cohen
gozaba del
reconocimiento general,
llegando su fama
hasta los rincones
más alejados del
Magreb.
Sus dones,
apreciados por propios
y extraños, le
habían granjeado el
respeto y la
admiración populares y
hasta el
reconocimiento del mismísimo
Yafar, el Gran
Visir.
Su humildad
proverbial, no le permitía
reconocerse mago,
pero no había los más
conspicuos y
consagrados de los magos
ninguno que lo
igualara.
Nadie podía hacer
lo que él hacía,
aunque algunos lo
prometían, lo intentaban
o sólo lo
imaginaban mientras hacían aparecer
y desparecer
dragones, culebras o palacios
echando mano a todas
las formas del engaño
que los magos
conocen, aunque no sean los
únicos que lo
practican.
A él le resultaba
sencillo lo que a todos
parecía un milagro.
Pero no era afecto
a la ostentación;
no se vanagloriaba:
Lo dominaban la
moderación y la mesura.
II
Fuera magia, don
divino, o un poder
conferido por las
fuerzas Obscuras, -tal vez
ni él lo supiera-
no abusaba de ello y vivía
con humildad,
privado de todo lujo y de los
excesos propios de
quienes detentan o poseen
algún poder.
No se le conocían
aventuras, ni conductas
dudosas. Toda su
popularidad, no buscada y
sufrida como una
molestia inevitable, estaba
cifrada en sus
artes, que en verdad se reducían
a una, o uno:
Todo lo que tocaba
se convertía en oro.
Sin embargo, su casa
era modesta:
Ni siquiera disponía
de vajilla de oro.
(La suspicacia de
algunos envidiosos, los
llevaba a decir, con
sorna y mala intención:
Se ve que éste
nunca lavó un plato…)
Lo cierto es que su
fama, bien ganada, lo
obligaba a verse
rodeado de admiradores,
aduladores y
seguidores: esos que esperan
recibir alguna
migaja del poder y nunca
faltan.
Eso sí, se cuidaban
bien del contacto estrecho
y mantenían una
distancia prudencial para
evitar ser tocados,
aún en forma accidental
por el Exitosísimo.
Aunque muchos
llevaban a sus hijas, a las
que no les
dispensaban el mismo cuidado.
Por el contrario,
parecían bien dispuestos
a aceptar que el venerado pusiera su mano
en ellas, o cualquier otra parte de su
exitoso cuerpo.
(*) (Versiones desclasificadas, probablemente
apócrifas de Las Mil y Una Noches.)