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miércoles, 8 de febrero de 2023

El exitosísimo Cohen *

 

(Amílcar Ámbanos)

 

La figura del Exitosísimo Cohen

gozaba del reconocimiento general,

llegando su fama hasta los rincones

más alejados del Magreb.


Sus dones, apreciados por propios

y extraños, le habían granjeado el

respeto y la admiración populares y

hasta el reconocimiento del mismísimo

Yafar, el Gran Visir.


Su humildad proverbial, no le permitía

reconocerse mago, pero no había los más

conspicuos y consagrados de los magos

ninguno que lo igualara.


Nadie podía hacer lo que él hacía,

aunque algunos lo prometían, lo intentaban

o sólo lo imaginaban mientras hacían aparecer

y desparecer dragones, culebras o palacios

echando mano a todas las formas del engaño

que los magos conocen, aunque no sean los

únicos que lo practican.


A él le resultaba sencillo lo que a todos

parecía un milagro. Pero no era afecto

a la ostentación; no se vanagloriaba:


Lo dominaban la moderación y la mesura.



II

Fuera magia, don divino, o un poder

conferido por las fuerzas Obscuras, -tal vez

ni él lo supiera- no abusaba de ello y vivía

con humildad, privado de todo lujo y de los

excesos propios de quienes detentan o poseen

algún poder.


No se le conocían aventuras, ni conductas

dudosas. Toda su popularidad, no buscada y

sufrida como una molestia inevitable, estaba

cifrada en sus artes, que en verdad se reducían

a una, o uno:


Todo lo que tocaba se convertía en oro.


Sin embargo, su casa era modesta:

Ni siquiera disponía de vajilla de oro.


(La suspicacia de algunos envidiosos, los

llevaba a decir, con sorna y mala intención:

Se ve que éste nunca lavó un plato…)


Lo cierto es que su fama, bien ganada, lo

obligaba a verse rodeado de admiradores,

aduladores y seguidores: esos que esperan

recibir alguna migaja del poder y nunca

faltan.


Eso sí, se cuidaban bien del contacto estrecho

y mantenían una distancia prudencial para

evitar ser tocados, aún en forma accidental

por el Exitosísimo.


Aunque muchos llevaban a sus hijas, a las

que no les dispensaban el mismo cuidado.

 

Por el contrario, parecían bien dispuestos

a aceptar que el venerado pusiera su mano 

en ellas, o cualquier otra parte de su

exitoso cuerpo.

 

 

(*)  (Versiones desclasificadas, probablemente

       apócrifas de Las Mil y Una Noches.)




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