(Carlos Inquilino)
El día fracasó
como verbo transitivo
en un banco de arena,
pero resta un excedente
de tránsito lento para arribar
a destino: un destino paralelo
a éste.
Los días no son paralelos,
ni para oponer al residuo que
anochece u ordenar en fila india.
No son opuestos por el vértice
ni se acumulan como un peso.
Ahorrarlos es inútil.
Aunque la polución fracase
en una suspensión activa
y no menos dudosa, el día
no se suspende por mal tiempo.
Vendrán tiempos mejores, o no:
No hay un valor constante
que pueda mantenerse.
Lo que se aferra pasa, como un
reflejo de la combustión del ojo
y nunca deja de pasar.
Puede cambiar según las circunstancias,
el valor del día, pero permanece siempre
ajeno al valor de cambio.
Poco queda al final del tránsito pesado;
el día será pasado y olvidado entre los
restos de otros participios en avanzado
estado.
El día no saber ser un verbo
aunque fracase en el espacio.
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