(Dudamel Rambler)
Estaba solo cuando me insolé.
No suelo frecuentar el sol,
pero lo vi tan solo ahí asilado
en las alturas, osanando solo
a una distancia sana…
Solo como una isla,
como un yo
precipitando e irradiando
su soledad desnuda e insular
desde la altura.
A esa altura, ya estaba solo
con el sol: estábamos solos.
Salí sin ser notado,
como cualquier alma sola
que sale a hacer de las suyas,
mientras fluía el pensamiento
renovado por el rayo solar,
que se descompone en:
infrarrojos y ultravioletas
(la descomposición puede que sea
lo más natural que tenemos, alumbró
mi pensamiento altamente iluminado,
sin vanagloriarse ni percatarse de la
insolación en curso)
No era sólo una isla,
era un cuerpo semoviente, altamente
organizado, cursando un segmento de
su propia descomposición obligatoria.
¿Y si después no hay nada?
Escribía mentalmente para aliviar la
incertidumbre multiplicada por la luz
(en esta condición, es difícil evitar la
pregunta inoportuna)
El sol sabe lo que hace, aunque no sepa
mucho más. Pensé al calor de la luz
en avanzado estado.
Lo seguro, es que seguirá haciéndolo
durante bastante tiempo después de
completada nuestra descomposición.
Había otras dudas, pero podrían ser
producto de la insolación o sapo de
otro pozo u otro poema más profundo
y luminoso.
Volví solo, como había salido, sin
recibir la solidaridad de ningún otro
habitante de este mundo desolado.
Y sin abatatarme más de lo razonable,
apunté en mi diario:
No hay nada nuevo bajo el sol,
arriba no se sabe: somos islas
que se agitan y se agotan.
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