(Rolando Doorland)
Ánodos anodinos
celebran el poema de amor
que no escribimos
Vimos que había otros,
tal vez suficientes, bien terminados
y felices
¿Comeríamos perdices?
¿Era la tarde y la hora
de compensar la pérdida de masa
muscular con un poema pletórico
y empático, cargado de buenas señales
y emanaciones sanas?
¿O habría que despejar la duda
preexistente a la cadena de significantes
que nos llevó hasta acá?
Nadie habla tu mismo idioma,
ningún poema sacro o profano,
póstumo u apócrifo aunque se vista
de seda o se enmascare en la primera
persona del plural.
¿Qué nada por aquí, en el fluído histórico
-aunque humano- que precipita en lenguaje
apto para uso poético y hasta terapéutico?
Aprendemos a escribir y aprendemos a nadar;
el orden puede invertirse tantas veces como
sea necesario
¿Qué es lo necesario del amor?
Anonadarse es fácil,
como comer, armar sentidos navegables
o amortajar el cuerpo de una perdiz perdida
o los resabios incunables de amores truncos
o infructuosos que cursan, con su propio
idioma, un poema anodino cualesquiera dado.
Persevera y triunfarás,
no importa cuando no leas ésto,
me dijo una perdiz de paso
antes de perderse.
No hay comentarios:
Publicar un comentario