(Tomás Lovano)
Con beneplácito
la mano se desliza
y escribe la palabra
beneplácito.
No hay redundancia
en el sonido del placer
que se desplaza y repite
el movimiento plástico
hasta el pleonasmo irrepetible
que prospera hacia los ángulos
internos de la luna.
Sin merma avanza
entre los pliegues íntimos
y oscuros de la única,
menguante cavidad que reconoce
al desertor en su destreza.
Reanula las distancias prometidas
velando intactas cicatrices
paralelas al deseo que se ausenta:
huyó sin ser notado, ni oído.
El beneplácito desciende
de su acento
acompañando el movimiento
absurdo de los mundos
incompletos que confrontan
al vacío abovedado.
La noche luce propicia
al movimiento subrepticio
de otro océano que espera
agazapado.
El beneplácito desciende
como un plasma
emanador de almas
tomadas por el goce:
Hasta que una voz ajena
interrumpe la aventura y todo
lo destierra de este mundo
¿Tomaste tu placebo, Tomás?
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