(Amílcar Ámbanos)
¡Vengamos! Exclamó el filósofo cínico, para
arengar a sus discípulos, cuyo número no
superaba la unidad.
¿Es un imperativo? Preguntó una voz singular
que no era otra que la del discípulo.
-Sí, yo siempre soy imperativo, es imperioso
serlo. Imperan tiempos difíciles para los
filósofos, y tanto más para los cínicos.
¿Se reconoce cínico?
No, sólo me reconozco, y es bastante con eso.
Soy inmune a todas las palabras, no me afecta
la descalificación del otro: Que digan lo que
quieran.
-Si es imperativo es incorrecto, cualquiera sea el
verbo: De vengar, sería venguemos. Y en el caso
de venir, no puede usar la primera persona del
plural; usted ya está acá, no puede venir. En todo
caso, lo correcto sería el uso de la tercera persona:
¡Vengan!
Yo siempre estoy acá, soy de acá y no pienso
moverme ni mover un dedo por nadie.
Si quieren venir, que vengan, si me quiero vengar,
me vengo: no necesito ninguna corrección.
-Si no es capaz de comunicar correctamente sus
intenciones, pensamientos o deseos, no podrá
obtener nunca la respuesta esperada, ni completar
una prédica exitosa…
Ahora entiendo: Usted no es un discípulo, sino
un corrector infiltrado. Debí haberlo sospechado…
¡Yo no necesito ningún corrector, ningún discípulo!
-Bueno, no se altere…
Era sólo una crítica constructiva para optimizar
su emprendimiento filosófico. Un filósofo debe
mantener la serenidad, no dejarse ganar por las
pasiones. Usted dijo ser inmune a todas las
palabras….
¿Cómo no me voy a alterar?
Una cosa son las palabras y otra las correcciones:
Si hay algo que odio con las correcciones, los
correctores y los correctos. Mire adónde nos
llevó la corrección?
-Nos trajo…
¿Qué trajo? Debí haber sospechado
de un hombre de traje, eso hubiera sido
lo correcto… ¡Fuera de aquí, de ahí, de acá!
¿Adónde está la libertad?
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