(Carlos Inquilino)
Habría que sospechar del deseo
bajo cualquiera de sus formas.
No sabemos de donde viene,
qué lo dispara.
Los hay pares e impares: ninguno
puro y todos sospechosos; comparten
ese origen obscuro.
Para el que no desea
todos somos sospechosos;
Tal vez esté en lo cierto, y sea aquella
la condición superior del alma humana.
Quién nada desea, no codicia ni envidia
y goza de sí mismo y de lo que lo rodea,
aunque sea nada.
II
El ascetismo de Antístenes y Diógenes
derivó en un término descalificador:
El cinismo.
La escuela de los Cínicos, debe su nombre,
según la etimología griega, a los perros:
Vivían como perros, sucios, desprolijos
y faltos de ambiciones.
Resulta difícil concebir que algo pueda
elevarse desde esas condiciones: Es
para sospechar.
¿Qué podrían gozar de este mundo,
sin tener nada ni desearlo?
Sin embargo, no ha de ser todo tan
negativo, ya que las religiones surgidas
después abrazaroon el ejemplo del
desasimiento de lo material y el ascetismo
extremo, como vía para la elevación del
alma.
III
Pero ¿Qué mundo sería éste, si todos
replicáramos esas conductas?
¿Valdría la pena ser vivido, tanto como
éste?
En todo caso, no habría nada que
sospechar de nadie.
Más ¿Qué mundo le dejaríamos
a nuestros hijos desconocidos?
¿O no conoceríamos descendencia
alguna sin deseo?
Pero es vano formular estas preguntas:
Nadie sería el que es, y el deseo podría
ser superado con la muerte -todos los
significantes morirán alguna vez-
Y muerto el deseo, se acaba el perro…
Pero no, estamos lejos de un escenario
como ese. A nosotros nos sería muy
difícil desertar del mundo del deseo,
sospecho.
IV
Si tuviera que pedir un deseo, no sé…
Ahora, por ejemplo, creo que no deseo
nada. Pero sospecho que aún deseo
sospechar.
Acá viene el mozo, sospecho que me
va a preguntar algo…
¿Desea algo más?
-No, solo la cuenta.
-Lo siento, los deseos no pueden ser
contados ¿desea alguna otra cosa?
-Sospecho que no...
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