(Aquino Lamas)
Un ave pasó por mi casa,
no se demoró demasiado:
se posó en la mesa, repasó
las adyacencias y marchose
sin decir nada.
¿No tendría nada que decir,
o prefirió no hacerlo?
¿Será suficiente mensaje este
excremento?
Un ave de paso, pensé al pasar
para no distraerme de mis cosas.
¿Cuántas aves pasan por la vida
de las casas?
Es poco probable que alguien
se distraiga en eso, cada uno está
ocupado en sus cosas, y tiene
sus propias cuentas que rendir.
Haciendo un balance, no tengo
una cifra aproximada: no sé
con cuantas cabezas puede contar
mi casa al promediar. Las aves
van y vienen, a veces ni se posan
y pasan de largo (una forma de
pasar) encabezando un movimiento acefalo.
Incluso no hay certeza de ese número,
caigo en la cuenta ¿Cómo saber si no
es la misma de ayer la que ahora pasa?
¿Y si no fuera un ave de paso?
¿Si viniera, en cambio, a observar
los movimientos de la casa, con vistas
a instalarse y ocuparla?
El corazón es grande, pero la casa no…
Mejor no pensar, no distraerse en esas
cosas; también podría ser un ave nodriza,
un ave insignia desahuciada, o un ave
aventurada que supo desbandarse, y
merodea el corazón de la casa buscando
orientación.
Un ave que no sabe que ésta no es
su casa y vuelve a equivocarse,
un ave que no sabe
lo que pasa, o lo que puede pasar
en una casa ajena, y pasa.
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