(Epifanio Webber)
No todos los cuerpos son visibles,
mirá: éste es apenas previsible.
Pero hay versiones encontradas
sobre los cuerpos, los hay fútiles, de
sutiles tejidos inconsútiles, corpúsculos
insignificantes que pululan,
incorporaciones que fracasan, cuerpos
que rechazan todo tipo de clasificación
y hasta semicuerpos que no asumen una
forma precisa y aceptable por cuerpos
ni cuerpas ni entes calificadores.
Hay cuerpos que pasan de un estado a otro
sin alterarse. La naturaleza de los cuerpos
es diversiforme: Algunos aspiran a ser otros,
mientras otros sólo aspiran a integrarse y
ser parte de un volumen superior, que los
contenga: otro cuerpo (que puede crecer,
mutar, descomponerse en condiciones normales)
Un cuerpo subalterno, ante la presencia de otros
cuerpos, sólo ve amos.
Veamos: Todos los cuerpos obedecen leyes
físicas, mandatos biológicos y cláusulas específicas
según su procedencia y orden de pertenencia.
Las aspiraciones de un cuerpo cualesquiera dado,
están acotadas por su composición, su origen
y las condiciones que hicieron posible
su materialización: Todo cuerpo es materia y
forma (la materia puede adoptar formas tan
copiosas como anómalas)
No se conoce la cantidad de cuerpos existentes,
pero sabemos que son incontables, aunque no
infinitos.
Entre tantos cuerpos, hay categorías cuyo número
aumenta y otras que se reducen, en ambos casos
sin ningún criterio. Pero gracias al conocimiento
acumulado, gozamos de la tranquilidad de saber
que la cantidad de materia es estable (Los cuerpos
más desarrollados, producimos y acumulamos
conocimiento, tanto útil como inútil)
La mayor parte de los cuerpos conocidos, no
produce nada constatable; no incorpora ni emite
aspiraciones. Algunos, sólo incorporan y emiten,
la mayoría ni eso: son ajenos a las propiedades y
ventajas del metabolismo. Cuerpos inertes, sin
movilidad propia, pueden permanecer durante
siglos en el mismo sitio, sus movimientos azarosos
dependen de condiciones exteriores y no son
nunca voluntarios.
II La voluntad propia
La voluntad es algo bastante excepcional entre
los cuerpos: Una propiedad mayormente ajena
pero que algunos desarrollan de un modo no menos
significativo. Los cuerpos más desarrollados, a
partir de su metabolismo superior, han dedicado
bastante tiempo al estudio de este fenómeno,
al parecer, capital para la evolución.
Su investigación, aún en curso, ha determinado
que es tan necesaria como el conocimiento, y
acaso más útil:
La producción de conocimiento, abre posibilidades
y genera condiciones para sostener el sesgo evolutivo
a un ritmo viable y transitable.
Pero el conocimiento de la voluntad, los mecanismos
que la mueven, permite a sus conocedores poseedores,
no solo acceder y desarrollar esta propiedad para sí
mismos, sino controlar en forma segura y creciente
la voluntad ajena, casi sin encontrar límites.
Es ocioso colegir la utilidad de este recurso, que abre
las puertas a otra realidad: Un estado humano avanzado,
que responde a un diseño inteligente, donde no habría
lugar para conflictos, crisis ni tensiones de signo negativo.
Todo funcionaría en perfecta armonía, liberando las fuerzas
productivas y generando las condiciones para un crecimiento
sin término (el propio diseño podría ser reformulado y
reconvertido según las necesidades coyunturales de las nuevas
realidades a devenir, contando con el consenso necesario, o
más)
La evolución no puede detenerse.
La voluntad propia es algo que merece ser trabajado,
aunque sin voluntad de superación es difícil generar
oportunidades.
No hace falta demasiada lucidez ni inteligencia
para entender la importancia de la voluntad:
El desarrollo alcanzado, que hoy gozamos, sólo
pudo ser posible a partir de la división del trabajo.
Es sabido que nadie haría ciertos trabajos por
voluntad propia.
III
Las aspiraciones de un cuerpo cualesquiera dado,
están acotadas por su composición, origen, y las
condiciones que hicieron posible su materialización.
Todo cuerpo es materia: la materia puede adoptar
formas tan copiosas cono anómalas.
No se conoce la cantidad de cuerpos en existencia,
pero sabemos que son incontables.
Entre tantos cuerpos, hay categorías cuyo número
aumenta mientras que otras se reducen, pero la
cantidad de materia es estable (sabemos, gracias
al conocimiento acumulado: los cuerpos más
desarrollados producimos y acumulamos, entre
otras cosas, conocimiento, tanto útil como inútil)
La belleza es un concepto ambiguo, cada cuerpo
la percibe y tramita de un podo particular, y
distintivo. Tampoco es un bien acumulable: Un
cuerpo que aspire a ser cada vez más bello, está
condenado al fracaso; una vez alcanzado cierto
punto, sólo se puede declinar)
Estas dos condiciones, explican la inutilidad de
la belleza. Sin embargo, entre los cuerpos que se
reconocen conscientes (y hasta provistos de una
conciencia superior) es reconocida como un valor.
¿Puede haber valor sin utilidad?
No es oro todo lo que reluce: la utilidad, puede
aparecer oculta. No necesita exhibir su desnudez
y sabe tramitarse en forma indirecta:
La belleza no es útil en sí misma, pero los cuerpos
portadores de sus signos, saben que gozan de
ventajas comparativas en la lucha por la conquista
de otros cuerpos (que para eso están)
En el mercado de cuerpos, la belleza posée un valor
no mucho más efímero que otros.
IV
¿Los otros animales?
Sabemos que sueñan a semejanza, y hasta es posible
que alguno nos incluya en sus sueños, aunque no
conocemos el contenido de ese material onírico.
Es posible que tengan sus aspiraciones, algo que nos
resulta indiferente: tenemos suficiente con las nuestras,
que descartamos, han de ser más elevadas o interesantes.
En cuanto al arte, es ocioso enunciarlo,
les es completamente ajeno. No han desarrollado
la sensibilidad necesaria para conmoverse o disfrutar
del arte.
La producción artística es fruto de la elaboración, un
trabajo específico con distintos materiales más y menos
sutiles. Los animales son reacios al trabajo, sólo los
mueven necesidades primarias y funciones básicas:
metabolismo, reproducción y alguna actividad lúdica.
Son criaturas ociosas, cuerpos que transcurren sin mayor
emoción, absorbidos en y por su condición material.
¿Qué puede aspirar un mamífero de aquellos, más allá
de obtener alimento, aparearse cada tanto, jugar con los
suyos y echarse al sol a disfrutar su animalidad?
Los animales no nos hacen más humanos, por el
contrario: lo que determina nuestra condición, es
precisamente aquello que nos diferencia.
En el estadío evolutivo que cursamos al presente, las
aspiraciones cumplen una función cada vez más
relevante, se diría que imprescindible:
El orden que habitamos, el mundo que hemos sabido
conseguir, deja aún mucho que desear para vivir en
armonía con otros cuerpos, sean mamíferos, octópodos,
heptópodos, gasterópodos o prójimos. Pero podemos
aspirar…
(Las aspiraciones no resuelven las necesidades, las
crisis, los conflictos ni las deudas heredadas del pasado
-toda deuda proviene del pasado-
ni el déficit epistemológico, o el aumento del costo de
la vida. Pero son oportunidades: Mientras emitimos
nuestras propias aspiraciones en pleno ejercicio de la
libertad, aquellas realidades pasan a segundo plano.
Podemos aspirar a que todo se resuelva de la mejor
manera, o no, pero al aspirar, nuestros deseos -aún
los más dudosos- se encauzan y proyectan hacia el
futuro de un modo sustentable)
Aspirar significa estar vivos.
Toda aspiración, hasta la más modesta, es un signo
vital, con el valor agregado que representa el
ejercicio de la libertad:
No hay nada a lo que no podamos aspirar,
y aún cuando nadie comparta esta aspiración
se puede aspirar, también, a la perfección.
Basta un cuerpo como el tuyo
o como éste: visible, previsible,
e invisibilizable.
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